El Monasterio de San Millán de Yuso

Monasterio de YUso

Recorrido del Monasterio

En Yuso la vida monacal ha sido más tenaz que las piedras: desaparecieron las románicas de 1067, sustituidas por las actuales edificaciones renacentistas, pero sigue siendo monasterio porque en él permanece una comunidad. Si sumamos los años de los monjes seguidores del fundador san Millán, los que rigió la Regla de san Benito y los que llevan entre estas venerables paredes los actuales monjes agustinos recoletos, tendríamos catorce siglos y medio bien andados. No creo que ninguno otro de los monasterios españoles pueda presumir de tan larga tradición.

La primera estancia que visitamos se llama Salón de los Reyes por las cuatro pinturas, de Juan Ricci, que representan a Fernán González, a Sancho el Mayor, a García el de Nájera y a Alfonso VII de Castilla. Seguimos por el claustro procesional, renacentista con recuerdos góticos en las bóvedas y platerescos en la decoración, pero inconcluso porque parece que a los abades del siglo XVI se les terminaban antes los ducados que los arrestos. Cuando cae la tarde y se apagan los pájaros, este claustro es uno de los pocos lugares en que se paladea ese silencio y música de las esferas con que soñaba fray Luis de León. Una fecha sobre la magnífica puerta que da acceso a la iglesia nos informa de que se está finalizadolo en 1554.

Del claustro a la iglesia, primer ejemplo español de planta de salón, orgullo de la comunidad benedictina que la construyó entre 1504 y 1540. En 1595 se derrumbó la pared norte y fue preciso rebajar bóvedas y asentarla con fuertes murallones que ahora unen columnas y paredes maestras laterales: perdió aire, pero todavía es magnífica.

El retablo mayor fue ideado por el abad Ambrosio Gómez, que se trajo de la Villa y Corte, en 1653, al mejor de los pintores claustrales, fray Juan Ricci, para que ejecutara los ocho lienzos que lo decoran. Merece la pena parar mientes en la rejería, forja de Sebastián de Medina, terminada en 1679. Mucho más hay para admirar: el órgano, el trascoro y sus tallas, el púlpito parroquial de la parte posterior, la atrevida luz del arco que sostiene el coro alto.

 

La sacristía es una sorpresa de color por los frescos del techo. Está dedicada a Nuestra Señora: a su excelente talla de hacia 1700 hacen corte cuatro santos marianos desde las esquinas de la bóveda de cañón. No dejemos de admirar sobre la cajonería la colección de cobres (¿flamencos, madrileños?) o los cuatro lienzos de pintura napolitana, colgados en la pared a la derecha del espectador.

El claustro superior, generoso de luz y de espacio, dista del calustro bajo apenas una generación y ya es obra barroca. Aquí transcurría la vida de los monjes en la mayor parte de las horas. Veinticuatro lienzos de medio punto nos narran la vida de san Millán. Cuando Jovellanos visitó el monasterio, en 1795, en uno “Spinosa faciebat” 1662, lo que nos informaría de autor y fecha. Pero no es cierto del todo, porque a Espinosa la vida no le dio tiempo sino para pintar la mitad de estos cuadros; sería aventurado atribuir la autoría de la otra mitad.

En uno de los ángulos del claustro, una sala de exposición donde hay mucho para contemplar: más pintura de Ricci, nuevos cobres flamencos, esculturas en madera o, protegidos en vitrinas, los marfiles reproducidos de los que se labraron para las reliquias de san Millán en 1067 y que constituyen, sin lugar a dudas, uno de los tesoros del arte español. Cerca de ellos, en otra vitrina, la arqueta de las reliquias a la que estaban adosados los marfiles, todavía forrada con seda árabe de la primera mitad del siglo XI. Durante la Guerra de Independencia, en 1809, fue desnudada del oro y pedrería de que estaba recubierta.

Podemos finalizar nuestra visita bajando por la escalera noble, de buena traza arquitectónica y no mala balaustrada. Bajo uno de los leones que sostienen los escudos del monasterio y de la corona de Castilla, al pie de la misma escalera, se nos ofrece la fecha de esta obra: 1697

Patrimonio de la Humanidad

Los Monasterios de Suso y Yuso de San Millán de la Cogolla fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el 4 de diciembre de 1997, por razones históricas, artísticas, religiosas, lingüísticas y literarias.

Cabe recordar que en los muros de este recinto monástico fue donde, hace más de mil años, unos monjes escribieron las primeras palabras en romance: una lengua que, evolucionada, hoy conocemos como castellano o español. En San Millán fue también donde escribió sus obras el primer poeta en lengua española conocido, Gonzalo de Berceo. Tras la declaración como Patrimonio de la Humanidad, el Gobierno de La Rioja ha realizado un notable esfuerzo para favorecer la protección y cuidado de los monasterios e investigar, documentar y difundir los orígenes de la Lengua castellana, a través de la constitución de la Fundación San Millán de la Cogolla y la creación del Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española (Cilengua).

El 8 de octubre de 1998, se constituyó la Fundación San Millán contando como miembros fundadores con el Gobierno de La Rioja, la Fundación Caja Rioja e Ibercaja, a los que posteriormente se ha ido sumando una importante representación del empresariado riojano y del ámbito nacional. El Presidente de Honor del Patronato de la Fundación es Su Alteza Real el Príncipe de Asturias, D. Felipe de Borbón.

El 9 de abril de 2007, se procedió a la apertura oficial de las dependencias del Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española en San Millán y Canillas de Río Tuerto. El Cilengua se creó para dar continuidad a la labor de difusión y promoción del idioma que, desde el siglo X y hasta la actualidad, se viene desarrollando en torno a los monasterios emilianenses.

San Millán, Cuna de la Lengua Castellana

El viaje por el corazón de España empieza en San Millán de la Cogolla, en La Rioja, y debe incluir la visita a los monasterios de Suso y Yuso, lugar donde se escribieron hace más de un milenio las primeras palabras en castellano. Desde allí sigue hasta Santo Domingo de Silos, en la provincia castellana de Burgos, lugar donde se gestaron las glosas silentes, una de las primeras muestras del castellano escrito. El camino pasa por dos ciudades, y dentro de sus universidades, de gran importancia en el desarrollo del castellano como idioma universal, Valladolid y Salamanca.

Una ruta para descubrir la cuna, la luz, los silencios y los trazos más agitados de una lengua, el castellano, que cada día acaricia más oídos en la tierra.

 

Allá por el siglo XI cierto estudiante o predicador anotó, en los márgenes de un texto latino, el primer testimonio escrito en romance castellano que ha llegado hasta nosotros. Son las famosas “Glosas Emilianenses” del Monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, cuna de un idioma con el que se comunican en la actualidad más de cuatrocientos millones de personas. Estos primeros balbuceos del castellano continúan en las “Glosas Silenses”, registradas en el cenobio burgalés de Santo Domingo de Silos.

Las universidades de Salamanca y Valladolid imprimieron al castellano dimensiones imperiales y universales. La capacidad de pensar e imaginar quedaba patente en grandes novelas como El Lazarillo de Tormes y La Celestina. Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz plasmaron su hálito creador en los conventos y retiros abulenses. Finalmente, el castellano alcanza su cima en Alcalá de Henares, patria chica del genial autor de El Quijote.Volver a los orígenes y recorrer los hitos de este Camino de la Lengua visitando los monumentos y reliquias, sus arrugas y adornos, para que nos vayan desgranando las glorias del pasado.

an Millán nace en Berceo el año 473, y muere en el 574. Ni Roma ya ni España todavía. Su biografía la escribe San Braulio de Zaragoza unos setenta años después. De niño fue pastor. Y un buen día sueña que, en lugar de ovejas, pastorea hombres y que en lugar de paisajes majestuosos contempla a Dios, que es más majestuoso todavía.

En adelante, su vida será ejercicio de amor: aprende la contemplación de amor en la escuela de Felices de Bilibio, la practica en la soledad del Distercio, valle adentro, donde hoy se venera la Ermita del Santo; por ejercicio de amor acepta que el obispo Dídimo de Tarazona le ordene sacerdote y le encargue el curato de Berceo; por ejercicio de amor calla ante las envidias de los clérigos y tolera la bofetada de que le depongan de su responsabilidad eclesiástica; por ejercicio de amor se deja rodear de discípulos en su oratorio de Suso; por ejercicio de amor cura endemoniados, cojos, ciegos, o da de comer y de beber milagrosamente a los peregrinos.

Información procedente del Monasterio de San Millán de Yuso
Más información en: www.monasteriodeyuso.org

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