La saga de los Lejárraga

CANAL RIOJA | MARCELINO IZQUIERDO./LOGROÑO

La saga de los Lejárraga

Tarsicio Lejárraga fue, además de guarda y guía del monasterio de Suso, ‘alma mater’ del cenobio emilianense. Hoy, su hijo Teodoro continúa los pasos del padre y maestro

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Monasterio de Suso

«He cuidado el monasterio de Suso como si fuera mi casa», sentenció Tarsicio Lejárraga en la última entrevista que concedió antes de morir, a finales de noviembre del año 2002. Y es que la historia reciente de San Millán de la Cogolla no podría entenderse sin la familia Lejárraga, guardiana desde 1964 del primitivo cenobio. Hasta que se jubiló, en agosto de 1979, Tarsicio fue guía, albacea patrimonial, albañil, carpintero, electricista y hasta investigador del monasterio. Con incansable tesón, de madrugada, subía andando al monasterio día sí, día también. Años después, a lomos de su mobilette, recorría la intrincada carretera que serpentea desde el pueblo hasta el singular portaleyo en el que Gonzalo de Berceo escribió los Milagros de Nuestra Señora. Él como nadie entontaba, ante los escasos turistas que entonces osaban adentrarse en el valle del Cárdenas, los primeros versos en lengua castellana:

Cono aujtorio de nuestro
dueno. dueno Christo. dueno
salbatore qual dueno
get. ena honore. e qual
dueno tienet. ela
mandatjone. cono
patre cono spiritu sancto
enos sieculos. de lo sieculos.
facanos deus omnipotes
tal serbitjio fere. ke
denante ela sua face
gaudioso segamus. Amen

Como recordara el agustino Juan Ángel Nieto, prior de San Millán de Yuso, «Tarsicio Lejárraga fue un hombre hecho a sí mismo, autodidacta y poeta, amante de Gonzalo de Berceo, a quien recitaba de memoria, pero no obligado, sino salido de dentro. Él amaba lo que hacía y se sentía en perfecta sintonía con su ambiente; como sus hijos recuerdan, pensaba en San Millán o en Gonzalo unidos a la montaña y la Naturaleza».

Porque, aunque Tarsicio pudiera pasar –a primera vista– por un simple pastor reconvertido en historiógrafo autodidacta, los ensayos que escribió sobre el monasterio gozaban de las prebendas académicas de la Universidad de Salamanca –entre otras– y eran muchos los catedráticos e intelectuales que bebían de sus fuentes, bien en letra impresa o vis a vis, como a él más le gustaba. De hecho, cuando en 1986 recibió Lejárraga la Medalla de La Rioja, el escritor y periodista Luis Carandell fue el encargado de glosar –¡que expresión más adecuada!– su figura: «Soy testigo de la enorme ilusión y del inmenso amor que Tarsicio ha puesto siempre en su cometido, como fiel reflejo de esa generación de guardas y guías románticos a quienes los españoles debemos la conservación de tantos y tantos monumentos. Pocas medallas se habrán dado con tanta justicia, porque no es sólo el trabajo lo que se valora, sino también el amor que Tarsicio Lejárraga ha puesto en este monasterio maravilloso de Suso», argumentaba entonces el sabio barcelonés, también desgraciadamente desaparecido.

Pero a Tarsicio no le gustaban ni la pompa ni el jabón. «Yo no he hecho nada meritorio, tan sólo cumplir con mi trabajo». Así se expresaba Tarsicio tras recibir de La Rioja, honrado sobre todo por compartir un trocito de gloria con aquellos riojanos merecedores de tan prestigiosa distinción, entre ellos el humanista y científico jarrero Ángel Martín Municio, galardón del año anterior. Otra pérdida irreparable para el centro emilianense.
«He sido guarda de Suso durante bastantes años –aseguraba el guardián–, pero yo siempre digo que estos años son doblados; subía al monasterio andando, de madrugada, y allí permanecía hasta el anochecer y, además, apenas llegaban turistas. Cuando una vez hablé con el profesor Fernando Chueca-Goitia ya le comentaba que me siento propietario del monasterio de Suso y lo guardaba como si fuera mi casa».

Teodoro, hijo y heredero

El hijo, Teodoro Lejárraga, lleva nada menos que 28 años como guía del valioso tesoro, si bien desde niño, cuando le llevaba a su padre la comida diaria, los ojos se le llenaban de viejas leyendas e historias, de poesía vivida desde lo más profundo del alma.

«Mi padre, conocido como ‘el guarda de Suso’, murió donde siempre lo deseó, junto a sus dos monasterios de Suso y Yuso», decía tras su fallecimiento, abundando en el recuerdo del maestro y progenitor: «Su labor continuadora y el afán por su historia sembró su marca en el cenobio, cerca del oratorio; sus gentes y sus rimas armonizaban los arcos de herradura. La dulzura de sus labios a San Millán tenía, siempre presente con una vela encendida. Como siempre quería, su cuerpo será enterrado con su novena querida, a un San Millán bendito que nació en una villa. Tarsicio y el monasterio se fueron ya muy lejos donde los dos muy juntos volveremos renacerlos. Adiós Tarsicio, mi padre, cuántos te echan de menos, en el portaleyo de Suso donde recitabas a Berceo».

La saga de los Lejárraga sigue siendo leyenda viva de un monasterio que en la actualidad visitan miles y miles de personas pero que, hace tan sólo unas décadas, era un islote aislado –cargado, eso sí, de historia, arte y cultura– en medio de un mar de turismo de playa, paella y sangría.».

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