Menendez Pidal y yo

“MENENDEZ PIDAL Y YO”
Por Alberto Crespo. Informaciones. 14-06-1974

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Menendez Pidal en Suso

ESE «yo», desde luego, no es el mío. El viajero que quiera econtrarlo ha de ir a las estribaciones de la sierra de la Demanda, a los montes Distercios, a lo largo de un camino que Ileva de Nájera a San Millán de la Cogolla. Estamos en la Rioja Alta. El camino atraviesa el valle de San Millán, en medio de un paisaje suave y tranquilo. Pasa estrechándose por Berceo, cuna de aquel santo con espada en la mano, protector del conde Fernán González, en sus luchas con los moros, y del poeta Gonzalo, y termina por abajo en la abadía de Yuso y por arriba en el pequeño monasterio visigótico-mozárabe de Suso. Los dos componen lo que conocemos por monasterio de San Millán de la Cogolla. El primero está habitado y guardado por frailes que lo llaman El Escorial riojano. El segundo, el de arriba, una pura relíquia arquitectónica, no tiene otro habitante y guardián que un hombre de cincuenta años, natural del valle, que dejó el arado no hace mucho tiempo para dedicar su vida al cuidado de las piedras de Suso. Este hombre, de faz abierta y ánimo sereno, un poco o un mucho poeta, gran explicador de la historia y la belleza de Suso, es el “yo” que andábamos buscando. No ha necesitado años de estudio para empedrar sus explicaciones de frases como estas:”Menéndez Pidal y yo creemos”, “Don Ramón y yo estamos de acuerdo”, “A Menéndez Pidal y a mí nos parece”.
Tarsicio Lejárraga, que así se llama el guarda de Suso, da noticia escueta de su llegada: “Hasta el mes de agosto de 1964, fecha en que recibí el cargo de ser guarda de Suso, prácticamente este monasterio carecía de una tutela y vigilancia necesaria. A partir de mi nombramiento se le fue concediendo a Suso la importancia que se merecía. Al poco tiempo se comenzó a delinear la carretera de acceso, que era del todo imprescindible para la afluencia de turistas y visitantes. Limpié el monasterio.”
Lo que el guarda Ilama simplemente limpiar fue, al parecer, algo más que pasar la escoba. Limpió la yesería mozárabe de los arcos de! viejo cenobio para rescatar su traza visigótica original, ordenó las piedras caídas, puso a la vista el famoso “portaleyo” mozárabe, en el que escribió Gonzalo de Berceo (“Gonzalvo le dixeron al versificador, que en su portaleyo hizo esta labor…”) y finalmente sacó a la superficie los sepulcros de los infantes de Lara.

Pero esto no fue todo, como relata el guarda Tarsicio Lejárraga en su librito de un par de docenas de páginas, que vale su peso en oro. “Este fue el comienzo de una época de rejuvenecimiento para el monasterio, que poco a poco se iba desmoronando en el olvido. La frecuencia de visitas y el empeño por conocer a fondo la historía de Suso me obligaron a informarme sobre todo lo que se refería al monasterio, sobre todo su arte y la historia de Castilla, Navarra y País Vasco. A este fin he dedicado la mayor parte de mis ratos libres…” Así conoce a don Ramón Menéndez Pidal, al marqués de Lozoya, a Gómez Moreno, a Pérez de Urbel, a don Francisco Iñigo “y cientos de académicos que por aquí pasan”. “En todo caso -aclara-, mis conocimientos no pueden ser ni medio completos, porque mi anterior condición de labrador no me ha podido acercar a ninguna aula o clase de liceo o Universidad.”
De todos los personajes que desfilan por las prolijas explicaciones que Tarsicio Lejárraga da a los visitantes de Suso, de ninguno habla con tanto amor como de Gonzalo de Berceo. Parece como si San Millán, que fundó el monasterio en el siglo VI, y los anacoretas que se le unieron en el primitivo cenobio, incluso la aristócrata Potamia, huida del arrianismo, y las que luego fueron Santa Oria y su madre Armuña, y los Reyes que protegieron el monasterio, y los innumerables avatares históricos del lugar; parece como si todo esto -repito- no hubiera sido otra cosa que una preparación para la llegada a Suso, como niño del coro, en los últimos años del siglo XII, de Gonzalo de Berceo. Ante los visitantes, el guarda Lejárraga recita de corrido estrofas del poeta y les advierte que su delicada belleza se debe a la naturalidad y armonía del paisaje.
Si alguna vez el guarda de Suso increpa como gremio a los académicos, por los que generalmente siente un respeto tremendo, es cuando anda en medio el viejo poeta local.

“Son muchos eruditos los que hablan de Berceo; nosotros, sus paisanos, nos parece que aún hablamos con él y nos entendemos con él, son las mismas aguas, las praderas de romería que aún perduran y gracias a Dios se multiplican, serán alegóricas como ustedes digan, señores académicos, pero nosotros las vivimos como él las vivió, merendando en las manzaneras, haciendo coronas de cantueso y de flor de Berazo, oyendo sermones y versos de nuestros ancianos…” “Vemos a Berceo de mediador de pleitos, de testigo en camaradería con sus paisanos y bebiendo vino en vaso y en bota, porque también nosotros hacemos como hizo él. Antes de trabajar nos santiguamos, sacamos de la alforja la bota y bebemos buen trago , y a trabajar se ha dicho; Berceo es igual, antes de comenzar a escribir se santigua, bebe el trago de vino y a escribir se ha dicho; esta naturalidad la vemos los del valle como entonces.”
Hay momentos en los que la espontánea y finísima ingenuidad de la prosa del guarda de Suso se acerca a la de su viejo paisano: “Este es nuestro Berceo, hombre enamorado del valle, como lo estamos muchos, y nos cantaba las coplas en román paladino y con música que también era inteligente y conocía las notas como las de los pajarillos.” Además, sin puntos ni comas, como ahora está de moda.

Vale la pena hacer el viaje a Suso para conocer a su guarda. O mejor, a su Guarda, pues aunque él lo escribe siempre con minúscula, quizá la mayúscula le vaya mejor a un oficio ejercido con tanto amor, ilusión y competencia. Y tanto sentido poético: “Suso arriba, donde Millán está viendo a sus paisanos en el vallecito quieto.”
O estos otros versos, en los que Lejárraga cuenta las riquezas naturales del valle donde nació: “Mirlos negros y arrandrajos, finas truchas y pardillas, Micharros y algunas liebres, gatos monteses y ardillas. La mayueta y la anabla, la mora terreña y el berro; el hayuco y la avellana, maguillas y vizcobeños. El cantueso y el tomillo, la aliaga y el brezo son aromas sanos y puros que Gonzalo ya cantó.”
No parece que Tarsicio Lejárraga sea tan devoto del dinero y los bienes terrenales como de la historia de Suso, de la quietud de su valle o del candor de la poesía de Gonzalo de Berceo. Hacia la mitad de su librito, entre una parrafada sobre el Rey de Pamplona, García Sánchez, y otra sobre el conde Fernán González, pues los dos estuvieron vinculados a Suso, escribe: “Hace nueve que estoy en el monasterio; el primer año me dieron 25 pesetas, y estos años, 100 pesetas.”
Como Lejárraga no aclara si al mes o al año, habrá que ponerse en lo peor. Pero bien es verdad que el parco jornal no le ha quitado hasta ahora la alegría de vivir ni la ilusión por su trabajo. Al fin, un español contento con su sueldo y su oficio.

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