San Millán, donde nació el español

San Millán, la cuna del castellano

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Monasterio de San Millán de Yuso

Monasterio de San Millán de Yuso

La Rioja Cono aiutorio de nuestro dueno dueno Christo, dueno salbatore… Hace mil años, entre los siglos X y XI, en el scriptorium de San Millán de la Cogolla, el amanuense Muño, que copiaba un códice latino, escribió al margen de una página esta oración que, como el resto de sus hermanos del monasterio, debía de saberse de memoria. Lo hizo, seguramente sin pensarlo mucho, empleando una lengua romance, «un dialecto riojano o altorriojano». Aquellas inocentes anotaciones han llegado a ser consideradas a partir del siglo XX el primer testimonio escrito del que se tiene noticia de un dialecto romance hispánico medieval, es decir, la lengua que ya no es latín hablada por el pueblo llano en la alta Edad Media.

El origen del idioma español.

El Códice 60, que contiene ésta y muchas otras glosas más, es uno de los setenta códices procedentes del monasterio de San Millán que custodia en Madrid desde mediados del siglo XIX la Real Academia de la Historia (RAH), uno de los mayores tesoros de su biblioteca. Pero también un símbolo de La Rioja, orgullosa cuna de la lengua. Como tal lo viene reclamando en reiteradas ocasiones desde 1978 y ha vuelto a hacerlo este año, junto con los glosarios 31 y 46, también de gran trascendencia filológica. Pero la Academia se ha negado una vez más, sin atender a los cambios obrados en los últimos años, desde la declaración de San Millán como Patrimonio de la Humanidad en 1997 y la puesta en marcha de Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), que reúne las condiciones para la custodia, conservación y estudio de tales documentos.

Sin embargo, La Rioja no se resigna; diversas voces acreditadas insisten en que San Millán es su lugar. Con la ayuda de nuestro Señor Don Cristo Don Salvador… Una oración en espíritu semejante a la que rezaba el bueno de Muño en San Millán de Suso en la Edad Media sería la que entonaran los monjes benedictinos mucho después, a primeros de marzo de 1821, cuando vieron partir de su querido monasterio de Yuso los «códices antiquísimos» de su biblioteca. Marchaban a la fuerza rumbo a Burgos, reclamados por el ‘Gefe Político’ durante la desamortización ordenada por el Gobierno liberal.

Quizás esperaran un milagro como aquél que dio origen a su morada. Cuenta la leyenda que en el año 1053, cuando el rey García quiso llevarse a Nájera los restos mortales de san Millán para desolación de los monjes, los bueyes que tiraban de la carreta con las reliquias se detuvieron en el llano y ya no volvieron a andar. Era, sin duda, el propio san Millán imponiendo su voluntad de no pasar de allí y ser enterrado de nuevo en aquellos lugares. Ante aquel prodigio, el rey mandó construir un segundo monasterio, al que se llamaría Yuso para distinguirlo de Suso.

Pero con los códices no hubo milagro y la carreta que los portaba siguió su camino ante la mirada resignada de los benedictinos, que por segunda vez se veían obligados a la exclaustración (ya habían sido expulsados por José Bonaparte en 1809 y lo serían definitivamente en 1835 con la desamortización de Mendizábal; hasta 1878 no llegarían para ocupar su sitio los agustinos recoletos).

Con esa zozobra vivían las comunidades religiosas los no pocos vaivenes políticos de la España del siglo XIX, con gobiernos que se sucedían derogando lo dispuesto por el anterior. Pero no por ello regresaron a San Millán aquellos viejos manuscritos en los que los desamortizadores esperaban encontrar títulos de propiedad de la Iglesia, cuando en realidad escondían otro gran tesoro todavía por descubrir.

Los primeros años de su exilio los pasaron en Burgos, hasta que en 1851 fue reclamada desde Madrid la «remisión de códices pertenecientes a los monasterios de San Millán de la Cogolla y San Pedro de Cardeña (Burgos), ordenada por la Dirección de Fincas del Estado en virtud de la aplicación de la legislación relativa a la desamortización». Efectivamente, uno de los aspectos de la desamortización de bienes eclesiásticos por el Estado español en el siglo XIX fue la incautación de gran cantidad de archivos monásticos, catedralicios, etcétera, de distinta procedencia a los que asignaron —como a otros muchos bienes muebles e inmuebles— destinos distintos.

Entre las adjudicaciones figuraba un sustancial corpus de documentos cuya masa reunida dio origen al Archivo Histórico Nacional, radicado en la capital de España. Otras incautaciones desamortizadoras pasaron a engrosar los fondos de muchos archivos históricos y administrativos regionales, provinciales y locales; y una importante serie de libros y documentos antiguos fue asignada a la Biblioteca de la Real Academia de la Historia (RAH) en Madrid «como entidad cualificada para su custodia y aprovechamiento científico».

A este último grupo pertenecía el selecto lote procedente de los monasterios benedictinos de San Millán de la Cogolla y San Pedro de Cardeña. De los más de cien volúmenes que reuniría esta entidad en sucesivas adquisiciones, casi setenta son códices emilianenses (códices del 1 al 64 y del 118 al 120, según la numeración con que fueron registrados al ingresar).

Quién sabe si de no haber sido por esta biblioteca no habrían acabado en la hoguera aquellos legajos carentes del valor que esperaban de ellos los políticos de la época. Pero fue allí donde aguardaron silenciosamente a que alguien iluminase su secreto. Su verdadero valor fue descubierto en 1911, cuando el académico Manuel Gómez Moreno transcribió alrededor de mil glosas interlineales y marginales del Códice 60 y se las envió a su colega Ramón Menéndez Pidal.

La clave

De pronto, al cabo de nueve siglos, allí estaban las viejas palabras de Muño ante alguien capaz de entender su significado y, sobre todo, de apreciar su singularísimo valor filológico, cultural e histórico. «En estas Glosas Emilianenses —sentenció el eminente medievalista— vemos el habla riojana del siglo X muy impregnada de los caracteres navarro- aragoneses». Era la clave del origen de aquella primera lengua romance que ya no era latín.

«El primer vagido de la lengua española es, pues, una oración», afirmaría el filólogo Dámaso Alonso; se refería, claro está, a la sencilla oración de Muño.

Otros muchos estudiosos, como Rafael Lapesa, Emilio Alarcos o Manuel Alvar, vendrían después a enjuiciar lo que simbólicamente se ha consensuado como «acta de nacimiento del idioma». A estudiar los demás códices emilianenses preñados de glosas de otros copistas del scriptorium medieval: Albinus, Atiltus, Andreas Darmarios, Dominicus, Emilianus, Enneco Garseani, Eximino Archipresbiter, Moterrafe, Pedro, Petrus Abbas, Quisius, Juan Sánchez de Villoria, Trinitarius Presbiter… Los hermanos de Munnius, que, como él, tanto se habían afanado en copiar manuscritos y, cuando tenían dificultades para la comprensión de un texto latino, lo glosaban en el habla del pueblo llano o redactaban auténticos diccionarios enciclopédicos, como el Códice 46.

«Por voluntad del Todopoderoso devine monje calígrafo en el celebrado scriptorium de aquella abadía millanense (…) y dediqueme junto a mis hermanos en la caridad de Cristo, puestos en comunión bajo la regla monástica de San Benito de Nursia, a la reproducción de las obras vertidas por nuestros egregios predecesores en la religión cristiana, aquellos sobre cuyo piadoso numen infundió el Altísimo su inspirado soplo para el más elevado brillo de su verdad eterna e imperecedera». Algo parecido al protagonista de El escriba y el rey (del escritor riojano Demetrio Guinea) debieron de sentir quienes actuaron sin saberlo como notarios de aquel alumbramiento idiomático tan trascendente a nuestros ojos.

Eran y son sus palabras escritas los primeros vagidos de un recién nacido cuya cuna, como quedó acuñado en 1977, al celebrarse en San Millán el Milenario de la Lengua, es por extensión La Rioja. Veinte años después de aquel evento, los monasterios de San Millán de la Cogolla fueron declarados Patrimonio de la Humanidad. A raíz de entonces se acometió una profunda restauración monumental de Yuso y Suso y, a partir de la Fundación San Millán de la Cogolla, su puso en marcha Cilengua (Centro Internacional de Investigación de la Lengua Española), heredero del esplendor cultural del scriptorium medieval.

La devolución de las Glosas Emilianenses, de aquel Códice 60 y de otros glosarios como el 31 y el 46, todo un símbolo para un idioma hablado ya por casi 500 millones de habitantes en todo el mundo, pero también un símbolo para La Rioja, fue formalmente solicitada por primera vez en 1978 por parte de la Asociación de Amigos de San Millán y nuevamente en 1990 con motivo de una reunión de centros riojanos en el mundo. La RAH siempre se ha negado argumentando que San Millán no reunía las condiciones necesarias de seguridad para custodiar unos documentos de tanta valía.

Este año 2009, el Gobierno de La Rioja ha vuelto a pedir su «depósito temporal» con el convencimiento de que aquellas carencias han quedado sobradamente subsanadas. Pero en vano; la Academia que tanto aprecia este tesoro, no lo cede. Y a ese lugar de la palabra que es San Millán le siguen faltando sus palabras primeras, aquéllas que escribiera Muño un buen día hace mil años en que la devoción y el amor por su noble oficio «le apretaron dentro del pecho añadiendo lo que le salía del alma»: Cono aiutorio de nuestro dueno dueno Christo, dueno salbatore…

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