Marfiles de San Millán

Ebolaria románica: el taller de San Millán

FUENTE: AMIGOS DEL ROMÁNICO | Mario Agudo (mayo 2007)

Desde la antigüedad tardía se registra el uso del marfil como arte menor. El material original, procedente de África, se obtenía de colmillos de elefantes y dentinas de hipopótamos, si bien en los países nórdicos se utilizaban para conseguirlo dientes de narvales, cachalotes o morsas. Llegaba a Europa a través de Venecia y otros puertos italianos.

El auge de su utilización durante la Alta Edad Media y su origen exótico, hicieron de este material un objeto reservado exclusivamente a talleres regios o monásticos de primer orden. Solía trabajarse por ello junto con materiales nobles y piedras preciosas, para adornar cubiertas de libros medievales o construir relicarios y piezas de uso litúrgico.

El marfil en la Península Ibérica

Los musulmanes fueron instalando en Al-Andalus toda una serie de talleres de artes suntuarias, entre las que destacó la eboraria por su gran poder de atracción, incluso entre los monarcas cristianos, para los que estas piezas constituían un objeto enormemente deseado. Los marfiles trabajados por los árabes tenían su antecedente en Bizancio y Persia. La misma técnica de ornamentación de Bagdad y Damasco se impuso en los centros productores de Córdoba y Cuenca.

Es muy probable que los mozárabes, durante los largos años de permanencia bajo el Islam, conocieran el trabajo, la técnica y la decoración del marfil como arte enriquecedor de múltiples objetos suntuarios. Durante el siglo X, muchos de estos cristianos son acogidos en los territorios norteños, donde gracias al empuje expansivo de Alfonso III “El Magno”, comienzan a ganarse territorios que han de ser repoblados. Con ellos llegó a los reinos peninsulares esta manifestación artística, en la que se vio una oportunidad excepcional para exaltar con su valor aquellos objetos que por su sacralizad o por la importancia de lo que contenían debían ser especialmente magnificados.

El taller de San Millán

Según Fernando de Olaguer-Feliú, en San Millán de la Cogolla o en sus proximidades, debió de establecerse alrededor del siglo X un grupo de artífices mozárabes trabajadores de tal especialidad, cuya producción va extendiéndose por toda la España cristiana. Allí se utilizaron los mismos procedimientos musulmanes y sus motivos decorativos conservaron reminiscencias de la tradición bizantino-sasánida captada a través de los tejidos.

La representación de animales y la repetición de ataurique serán sus figuraciones más constantes, si bien en el taller de la Cogolla tenderán a perder realismo y a estilizarse con hojas pequeñas y largos tallos.

Monasterio de Yuso. San Millán de la Cogolla

Monasterio de Yuso. San Millán de la Cogolla

Algunas de estas piezas han llegado a nosotros, destacando entre todas los tres brazos de una Cruz Procesional de gran tamaño, dos de los cuales se conservan en el Museo Louvre, de París, y otra en el Arqueológico Nacional de Madrid. Los brazos son de iguales proporciones, ensanchándose en sus extremos, lo que configura un tipo de cruz muy utilizado en el siglo X, como heredero de las formas visigodas y asturianas. En el centro de cada uno se observa una parte lisa, que debió de decorarse con placas de metales preciosos, rodeada de una franja decorada con relieves en los que se representan animales entre roleos de atauriques.

Unos años más tarde debió de fabricarse el Altar Portátil que hoy se conserva en el Museo Arqueológico Nacional, que por técnica y estética es pieza gemela de la anterior. De la misma fecha, pero más espectacular, son las placas de marfil que configuraron una arqueta cuya montura originaria se ha perdido y que hoy se encuentra en el Museo del Louvre. Finalmente, cabe destacar como fruto de este taller las cuatro piezas de ajedrez de Santiago de Peñalba.

Olaguer-Feliú identifica la obra de este taller con la famosa escuela cordobesa de Halaf, por lo que deduce que los mozárabes que se instalaron en San Millán debieron de formarse en esta escuela. Lo que sí que es totalmente seguro es que estas obras constituyen la base sobre la que se desarrollarán las magníficas obras románicas que dará a la luz este taller durante los siglos XI y XII.

Las arquetas de San Millán y San Felices

Con motivo del traslado de las reliquias de San Emiliano (ca. 473-574) al altar de la iglesia nueva de San Millán en 1067, el rey Sancho IV de Pamplona mandó fabricar un extraordinario relicario de oro, pedrería y marfil. El arca, fechable entre 1053 y 1067, fue encargada al abad Blas, que organizó todo lo necesario para su elaboración, tanto los materiales como el dinero necesario. El escriba Munio fue el encargado del diseño de imágenes y textos que lo adornarían.

Conocemos el nombre de los artistas. Se trata de los maestros García y Engelram, ayudados por sus discípulos Simeón y Rodolfo, que por una inscripción que observamos en una de las placas, era hijo del segundo, de nombre eminentemente germano. Incluso se sabe que el marfil fue traído por un comerciante de nombre Vigila.

Arca relicario de San Millán actual

El arca es un cajón de madera forrado interiormente con una tela árabe fechada en el siglo XI. En el exterior, veintidós tarjetas de marfil contaban gráficamente la vida del santo, siguiendo el texto del “Vita sancti Emiliani”, de San Braulio de Zaragoza. En el frontispicio, un gran Pantócrator, con el tetramorfos y el Agnus Dei, y al pie dos personajes orantes, el abad Don Blas y el monje Munio. En la parte opuesta, un marfil con la escena del planto de San Millán, rodeado de marfilitos que representan a personajes de la corte, del monasterio o a los mismos artífices del arca. Las zonas no cubiertas de marfil eran de oro historiado con incrustaciones de piedras preciosas, con una leyenda que lo recorría: Per secla futurus, scilicet in carne praesens ut iudicet orbem. Unde Deum cernenti credulus atque fidelis et coram hic Domino reges sistentur.

El estilo resulta difícil de encasillar. Aunque dentro de la plástica románica, se observan rasgos del mozarabismo del siglo anterior, por ejemplo en los arcos de herradura de la escena de la entrada en Cantabria de Leovigildo, donde se asoman cabecitas entre las almenas de las fortificaciones, que recuerdan a las miniaturas de los beatos. Pero además, hay una gran expresividad en algunas de las tallas, lo que les confiere una fuerza narrativa propia de los talleres germánicos post-otónicos, lo que cabría interpretar como aportación del maestro Engelram, que como veíamos, participó en la confección de algunas placas. Un ejemplo claro de esta gesticulación desbordada es, por ejemplo, la representación de la expulsión del demonio de la casa del senador Honorio de Parpalinas o la escena en la que los demonios intentan quemar la cama donde reposaba el santo. Los rasgos románicos se observan en el Pantócrator enmarcado por la mandarla mística o el hieratismo de la imagen de San Millán con sus discípulos, Aselo, Geroncio y Sofronio.

En 1809 las fuerzas napoleónicas expoliaron el arca, la despojaron de los metales y piedras preciosas y se perdieron unos cuantos marfiles, que luego han ido apareciendo en museos foráneos, como San Petersburgo, Berlín, Florencia, Washington y Nueva York. Desde 1943 se puede observar una reproducción del original, que contiene copias de las placas expoliadas y las originales, de las que se conservaron trece marfiles de la vida de San Millán, dos fragmentos de la misma serie, más los del abad Don Blas y el escriba Don Munio.

Planca de marfil. Arca relicario de San Millán. Monasterio de Yuso

Planca de marfil. Arca relicario de San Millán. Monasterio de Yuso

A los talleres de San Millán se ha adjudicado también el arca de San Felices, quien fuera maestro del primero. La obra se fecha hacia el 1090, año en que fueron trasladados los restos del santo al monasterio. Su estilo, dentro del mozarabismo anterior, es menos expresivo. Manifiesta un bizantinismo de personajes más hieráticos, menos narrativos y más convencionales. Representa escenas evangélicas como la magnífica Última Cena, curiosa por la presencia de los viejos símbolos cristianos del pan y de los peces en lugar del cordero pascual o el vino; un encuentro de Cristo con un grupo de apóstoles y escenas de la vida del santo.

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