P. Joaquín Peña, páginas emilianenses

San Millán, fundador

Joaquín Peña O.A.R. |Monasterio de Yuso | San Millán de la Cogolla, 1980 | Páginas Emilianenses  (pp.45-49)

BIBLIOTECA GONZALO DE BERCEO

Al historiar el desarrollo de la vida religiosa en la Iglesia, suelen los autores distinguir tres etapas. Al principio, los que se proponían observar los consejos evangélicos permanecían en el seno de la familia. Después, para obviar las dificultades que naturalmente tenían que encontrar viviendo entre los suyos en el mundo, buscaron la soledad en los desiertos, dando origen al anacoretismo. Finalmente, para lograr con más facilidad la perfección evangélica practicando la obediencia y, sobre todo, la caridad, se reunieron en cenobios o monasterios.

San Millán, firme en su propósito de entregarse totalmente al servicio divino, pasó por esos tres estados. Adoctrinado por el solitario de Bilibio, vuelve al lugar de su origen, a Suso. Pronto adviene que, novicio en las lides espirituales, le es de gran embarazo para avanzar en el camino de la perfección la multitud de gente que a él acudía. Deja, pues, a su familia y se interna en lo más fragoso y escondido del monte Distercio, viviendo cerca de cuarenta años privado de la compañía de los hombres y sometiendo su cuerpo a rigurosas penitencias. Ordenado de sacerdote y libre, al poco tiempo, del cuidado pastoral, se retira a su domicilio de Suso y, ya de edad provecta y lleno de virtudes, recoge a hombres y mujeres que quieren tenerlo por guía espiritual. De este modo se va formando el monasterio de Suso.

Unos párrafos de la Vida brauliana de San Millán, breves pero expresivos, nos dan a entender que en los últimos años de su vida dirigía una comunidad de sagradas vírgenes y otra de monjes o religiosos. En el capítulo XXIII habla San Braulio de las mujeres que servían al Santo en su decrépita ancianidad, a las que llama «vírgenes sagradas», «vírgenes de Cristo» y «siervas de Dios», términos todos que indican ser personas consagradas al servicio divino. De ellas sólo conocemos el nombre de una, que se llamaba Potamia. En otro capítulo dice que San Millán, al acercarse la hora de su muerte, «llamó al santísimo presbítero Aselo, con quien vivía colegialmente» ; y al comenzar la biografía nos da los nombres de los sacerdotes Citonato, Sofronio y Geroncio, quienes, como testigos presenciales, le relataron fielmente la vida de su maestro. Aparece también en el capítulo XXII un ministro que era el despensero, pues estaba encargado de la guarda de las provisiones. Con éstos y acaso con otros que no se nombran estaba formada la comunidad de monjes, a todos los cuales, así como a las religiosas, presidía y gobernaba San Millán. Acaecida su muerte «fue llevado su cuerpo -según San Braulio- con mucho acompañamiento de religiosos, multo religiosorum obsequio, y depositado en su oratorio, en el que aún permanece».

Aceptando, aunque con alguna reserva, la traducción de la palabra latina «obsequio» por acompañamiento, ¿qué sentido tiene en la pluma de San Braulio el término «religioso» empleado como nombre sustantivo? Claro que le daría el sentido corriente entonces en los escritores eclesiásticos y en los sínodos y concilios españoles. Pues bien, en los años en que San Braulio daba fin a la Vida de San Millán en Zaragoza, un clérigo, Paulo Diácono, escribía en Mérida las Vidas y milagros de los Padres Emeritenses, y en el capítulo XIX, número 44, al relatar muy brevemente la rebelión de dos condes y un obispo arriano en la Galia Narbonense contra el católico Recaredo intentando despojarle del reino, dice que «dieron muerte a una multitud inumerable de clérigos, de religiosos y de católicos». El primer concilio de Toledo, celebrado el año 400, en tres cánones de los veinte que promulgó, menciona a los religiosos y religiosas. Dice el undécimo: «Si algún magnate despoja a un clérigo, o a un hombre muy pobre, o a un religioso -aut religiosum expoliaverit-…, sea tenido como excomulgado mientras no devuelva lo ajeno», El canon decimoquinto, que habla de la comunión, está formulado así: «Si quís laicus abstinetur, ad hunc vel ad domum eius clerzicorum vel religiosorum nullus accedat», no vaya a su casa ningún clérigo ni religioso. El decimoctavo decreta que ningún clérigo y ninguna religiosa -nulla religiosa- tome parte en determinados convites que allí se especifican.

El año 631 ocupó San Braulio la sede zaragozana y dos años después, el 633, se reunió el cuarto concilio de Toledo. El fue uno de los sesenta y dos obispos que formaron aquella solemne asamblea y el que con ellos suscribió los setenta y cinco decretos que para el buen gobierno de la Iglesia hispana, publicaron. El decreto cincuenta y tres comienza así: «Religiosi propiae regionis… », y precisamente este decreto es aducido por el autor del Glosano para los escritores de la media e ínfima latinidad al definir la palabra «religiosi» como hombres ligados con el voto de religión.

Como en torno al sepulcro de San Millán seguían realizándose curaciones y hechos prodigiosos, los monjes de Suso enviaron a San Braulio una relación de tales prodigios, y el santo biógrafo -como lo advierte en la carta dedicatoria- los añadió al fin del libro. Son cuatro, y uno de ellos es el siguiente: «En el año próximo pasado, siendo la víspera de la festividad de San Julián mártir, como faltase el aceite para aderezar las luces, no pudo ser encendida la lámpara; más levantándose a las vigilias o maitines la hallaron tan llena de aceite y tan luciente que no sólo ardió hasta la mañana, sino que con la abundancia de lo que sobró el milagro produjo otros milagros».

Apoyado en estas palabras de San Braulio dice el gran medievalista P. Justo Pérez de Urbel en su eruditísima obra Los monjes españoles en la edad media: «En 640 ya había allí (en Suso) una comunidad que se levantaba a media noche para cantar las vigilias, y esta comunidad no era de clérigos, pues sabemos que los clérigos visigodos sólo rezaban los oficios de laudes y vísperas. El abad era por esta fecha un discípulo directo del mismo Santo, Citonato. Era abad y vivía en Suso».

Del exámen de los escritos de San Braulio se deduce que terminó de escribir la Vida de San Millán alrededor del año 636, cuando él era ya obispo y San Eugenio solamente diácono. Sería, pues, el año anterior cuando los monjes de Suso comunicaron al obispo de Zaragoza los susodichos últimos prodigios.

Citonato renunció a la abadía y se retiró con sus compañeros Geroncio y Sofronio al lugar de Tobía, donde fundaron el monasterio de San Cristóbal, que también se llamó de Tres Celdas por las que los tres santos monjes habitaron hasta su muerte. A este monasterio de Tres Celdas -de Tres Celdillas lo llama el monje Grimaldo, compañero y biógrafo del Santo- fue relegado siglos después, el año 1040, Santo Domingo de Silos, en apariencia para gobernarlo, en realidad para alejarlo de Suso y complacer al rey don García.

En el siglo XII, antes de pasar este monasterio de Tres Celdas a ser, en virtud de un cambio, propiedad del de Valvanera, fueron traídos a éste de San Millán por el sacristán de su iglesia Don Gonzalo los cuerpos de los santos Citonato, Geroncio y Sofronio. Se me permitirá copiar en latín la cláusula referente a este traslado transcrita en su Extracto cronológico por el P. Romero de un documento que en su tiempo existía, pues indica la signatura, pero desaparecido cuando la exclaustración:

«Corpora horum trium discipulorum Sancti Emiliani fuerunt huc translata de monastenio Sancti Chistofori tubiensis a dopno Gundinsalvo, sacrista istius ecclesiae, antequam fuisset factum cambium monasterii Sancti Chnstofori et Sancti Martini de Soto inter cenobium Sancti Emiliani et Vallisvenariae».

En cuanto al sucesor de San Citonato en la abadía, goza de gran probabilidad la opinión de los que afirman que fue Frunimiano, hermano de San Braulio, a quien este santo obispo envió y dedicó la Vida de San Millán ya quien escribió dos cartas llamándole abad y animándole en una de ellas a no abandonar su puesto, como pensaba hacerlo.

Mucha razón tiene el P. Pérez de Urbel al decir que San Millán fue creador de uno de los centros monásticos más imponantes de la el;lad media y fundador de su abadía. Es curioso cómo los alcaldes y alguaciles y veinticuatro de la ciudad de Sevilla se dirigen a los barrios de la ciudad y a los lugares sujetos a su jurisdicción con sendas canas, ordenándoles pagar los Votos. Con fecha 20 de abril de 1385, «facemos vos saber -dicen- que el abad y convento del monesterio de la orden del señor Sant Millan de la cogolla. ..».

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