Historia de La Rioja

Monasterios en La Rioja

FELIPE ABAD LEÓN . HISTORIA DE LA RIOJA (VOL. II). EDAD MEDIA. Los monasterios riojanos
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El tema es importante y fundamental, tanto en sí mismo como para el estudio y comprensión de la identidad histórica de La Rioja. Pocas instituciones como los monasterios han influido a través de los siglos en la configuración y desarrollo de la personalidad que le es propia a esta región. Es imposible entender a La Rioja sin sus monasterios. Así lo han comprendido los cronistas antiguos, como Sandoval, Yepes, Argaiz, Lobera, Manrique, Garay, Wadingo, Anguiano, Flórez, Risco o Fita, y los estudiosos modernos, como Pérez de Urbel, Linage Conde, Charles Bishko, Díaz y Díaz y tantos otros, además de los tratadistas particulares como Joaquín Peña y García de Cortázar para San Millán; Urcey Prado y Pérez Alonso, para Valvanera; Constantino Garrán, Saturnino Nalda y García Prado, para Santa María la Real de Nájera, por sólo citar los principales monasterios y algunos de sus mejores historiadores. Intentaremos completar esta lista a lo largo de nuestra, por necesidad, breve exposición.

Los anacoretas riojanos en la época visigoda

Histórica y documentalmente conocemos principalmente los focos de San Felices de Bilibio y de San Millán de la Cogolla, que se salvaron del anonimato gracias a la oportuna intervención de San BruIio de Zaragoza, que escribió casi coetáneamente la vida de San Millán, con alusiones a su maestro San Felices. Pero los eremitorios riojanos de la época visigoda hay que contarlos por docenas y sus monjes por miles, sin lugar a dudas. Y estos eremitorios tan tempranos, situados en los riscos o en las grutas de los montes y sobre todo en los cerros que se asoman a los ríos y valles riojanos, son el verdadero origen de los grandes monasterios, de los prioratos, de las ermitas y de los santuarios que han llegado en buena parte hasta nuestros días.
Los valles riojanos están llenos de grutas y cuevas de monjes eremitas visigodos, origen de tantos monasterios medievales. Antonino González, Urbano Espinosa y José María Sáenz, en un estudio reciente en la revista BERCEO, han enumerado 79 de estos monasterios y advierten que su enumeración sigue abierta a nuevas investigaciones. Así es, efectivamente. Por ejemplo, no se incluye en su lista el antiquísimo monasterio de San Miguel de Arnedo, enclavado en el cerro y cuevas de su nombre, con numerosos restos arqueológicos y sepulcrales, unido en el año 1063 al monasterio de San Prudencio de Monte Laturce, cerca de Clavijo, por donación de Sancho Fortúñez. La ermita de San Miguel, en Arnedo, existió hasta bien entrado el siglo
XIX.
La toponimia riojana sigue siendo testigo mudo de este eremitismo rupestre de la época visigoda. Citaré, por conocerlo mejor, el caso de Arnedo y su comarca: cerro de San Fruchos, eras de San Román, cuevas de Santiago, de San Miguel y de Santa Marina, grutas todas y muy abundantes en los farallones que bordean por el norte el casco urbano de Arnedo y sus afueras, en poco más de un kilómetro de longitud. Y río Cidacos arriba, cuevas de Vico, ermita de San Salvador, en Herce, grutas de Santa Eulalia, en los pueblos de su nombre, San Tirso en Arnedillo y tantos otros.
Y no sólo la toponimia, sino también la documentación de los cartularios medievales, que nos ofrecen una tupida red de nombres de primitivas y rudimentarias iglesias y oratorios, sin duda rupestres, como por ejemplo Santo Tomás, San Miguel, San Pelayo, Santa Agata, San Facundo, Santa Nunilo y Alodia, Santa María de las Sorores, Santa Cecilia y San Román, todo en Nájera. Muchos de estos nombres evocan tiempos pre-arábigos y nos llevan a la conclusión razonable no sólo de la existencia de Nájera antes del año 714, sino de cierta organización eclesiástica y civil en tiempos visigodos e incluso tardorromanos, y que la tradición y el origen monástico es más antiguo de lo que parece.
A la luz de estas pistas hay que interpretar la existencia y la fundación de tantos monasterios, ermitas y santuarios de La Rioja. Sus orígenes y sus raíces son más antiguas y profundas de lo que pudieran parecer, y aquí encuentran
explicación razonable muchas y bellas tradiciones de nuestra tierra, que no hay por qué despreciar ni minusvalorar. Las fechas de fundación que se asignan a algunos monasterios famosos, como los de Valvanera, Albelda, San Prudencio, creo que son en realidad las de su relanzamiento, mediante un mecenazgo real, señorial o eclesiástico, pero ya preexistían en épocas anteriores y, sin duda, muy remotas.
Los dos casos citados al principio, San Felices de Bilibio y San Millán de la Cogolla, perfectamente conocidos, nos pueden dar las pistas de interpretación para tantos y tantos otros casos similares como se dieron en La Rioja en aquellos siglos oscuros del IV al X y que tanta importancia han tenido en la configuración histórica de nuestra tierra.

Temprana benedictinización y, por tanto, europeización de La Rioja

Los ilustres investigadores Antonio Linage Conde y Charles Bishko, profesor de la Universidad de Virginia en los Estados Unidos, han demostrado con un Códice escrito por un monje riojano, Eneco Garseani, el año 976, procedente del monasterio de San Millán, que en La Rioja empezó la benedictización y, por tanto, la europeización de España un siglo antes que en el resto de la Península. Es una muestra que antecede en un siglo a los testimonios navarros de Leyre y de Irache o de cualquier otra parte y se adelanta a los ambiciosos proyectos y esfuerzos europeizantes del mismo Sancho el Mayor y de Alfonso VI.
El citado Códice se conserva hoy en la Academia de la Historia. Se trata de una regla monástica femenina de inspiración totalmente benedictina, escrita en La Rioja por un monje riojano de San Millán, Eneco Garseani, para un monasterio riojano, el desaparecido de las Santas Nunila y Alodia, cerca de Nájera.
Los numerosos monasterios dispersos por La Rioja, tanto masculinos como femeninos, de origen muy local y remoto, se fueron incorporando desde el siglo x a la regla de San Benito y concentrándose y uniéndose en las célebres Abadías de Albelda, San Prudencio de Monte Laturce, San Millán de la Cogolla, Valvanera y Santa María la Real de Nájera.
Vino después el impulso de Cluny, al que se incorporó el monasterio de Santa María la Real, para atención de los peregrinos jacobeos, y la reforma cisterciense, uniéndose a esta reforma el monasterio de San Prudencio de Monte Laturce, y constituyéndose los monasterios femeninos de Cañas y el de Herce, a orillas del río Cidacos, desaparecido en la desamortización de 1835.
Estas son las grandes líneas de evolución histórica del monacato en La Rioja. Vamos ahora a concretar y detallar, a grandes rasqos, el desarrollo de cada uno de los principales monasterios de nuestra tierra.

SAN MILLAN DE LA COGOLLA

San Millán, el Santo, nació en el pueblo riojano de Berceo el año 473 de la era cristiana y murió en el monasterio por él fundado el 12 de noviembre de 574, contando ciento un años de edad, asistido de su discípulo San Aselo. Cincuenta años después, el 624, llega al monasterio riojano San Braulio de Zaragoza, recoge datos de Citonato, abad venerable, de los presbíteros Sofronio y Geroncio, y de Potamia, mujer religiosa de santa memoria, y con estos datos escribe en latín unos años después la Vita Sancti Emiliani, verdadera joya, reliquia y monumento de nuestra mejor historia.
Y arrancando de aquí, un despliegue a raudales, durante quince siglos, de espléndidas realizaciones que constituyen un hito en la vida local, nacional, hispánica y universal, que admiran y deslumbran a los estudiosos.
En el monasterio primitivo, llamado de Suso o de Arriba, se puede contemplar la mejor gama de arquitectura que va del siglo VI al X, empezando por las cuevas del Santo, con muestras bien significativas del arte visigodo, mozárabe, prerrománico y románico.
En este monasterio de Suso existió desde los primeros momentos un taller de monjes copistas que han legado a nuestra cultura una colección impresionante de códices y de libros manuscritos, que honran hoy los archivos del Escorial, de la Academia de la Historia y de otras instituciones. A primeros de marzo de 1821 se llevaron de San Millán 72 volúmenes antiquísimos, de los siglos VII al XIII, de los que 65 eran códices manuscritos y 7 impresos, casi todos incunables. Se pueden destacar la famosa
Biblia Gótica Emilianense, del año 664, la Exposición del Apocalipsis, del año 776, la Exposición de la regla de San Benito por el abad Esmaragdo, del siglo IX, el llamado Cronicón Emilianense, del siglo x, el Libro de pronósticos del siglo venidero, de San Julián de Toledo, con letra de mitad del siglo XI, y así tantos otros.
Uno de estos códices, el Emilianense 60, conservado hoy en la Academia de la Historia de Madrid, es el famoso de las «Glosas», donde un monje del siglo X anotó o glosó en la nueva lengua naciente, en tembloroso romance castellano, ciertos pasajes latinos; estas glosas han venido a ser el primer testimonio escrito de la lengua castellana, por lo que justamente se celebró en San Millán en 1977 el Milenario de la Lengua Española, con la asistencia de los Reyes de España.
En el siglo XI, el abad don Blas hizo que los más preciosos materiales, oro, plata, piedras valiosas y marfil, fuesen labrados por inspirados artistas para confeccionar un relicario para San Millán. Este relicario, con sus inigualables marfiles, constituye una auténtica joya del arte universal, que por sí solo basta para hacer famoso este monasterio en todo el mundo.
Dos siglos más tarde, Gonzalo de Berceo, el primer poeta de lengua española de nombre conocido, escribía en el «portaliello» de Suso sus inmortales versos en los que cantaba a San Millán, Santo Domingo de Silos, San Lorenzo, Santa Aurea y los Milagros de Nuestra Señora.
En el siglo
XI, el rey García, el de Nájera, y su hijo Sancho el de Peñalén mandan construir el monasterio de Yuso o de Abajo, en el fondo del valle, sin que desaparezca por ello el monasterio de Suso o de Arriba, en la ladera de la montaña.
Este monasterio del siglo XI es sustituido a partir del siglo XVI en el actual de Yuso, obra verdaderamente monumental y grandiosa, llamada por ello el Escorial de La Rioja. Es imposible detenernos a describir las distintas piezas de este monasterio, como el patio exterior, con sus murallones, su portada, la magnífica iglesia, la primorosa sacristía, una de las mejores y artísticas de España, el inmenso refectorio, el Salón de la Hispanidad o de la Lengua, perfectamente restaurado e inaugurado por el Rey para los actos del Milenario del Castellano, los claustros, el museo, la biblioteca.
San Millán fue proclamado en la Edad Media Patrono del Reino de Castilla y su protector, como Santiago lo era del Reino de León y San Jorge lo era de aragoneses y catalanes. Por eso, a San Millán se le representa en esta época montado a caballo, apareciéndose en las batallas, luchando a favor de los castellanos. De ahí el famoso voto del conde Fernán González a favor de San Millán, que hace tributarios del monasterio a numerosos pueblos de su soberanía; sea cual fuere el juicio histórico que merezca dicho voto, es innegable que el monasterio riojano adquiere un dominio y una preponderancia singular en aquellas centurias. El ilustre catedrático de Universidad y eminente historiador José Angel García de Cortázar ha escrito un voluminoso y enjundioso libro titulado «El dominio del monasterio de San Millán de la Cogolla (siqlos x al XIII)», con este significativo subtítulo: «Introducción a la historia rural de Castilla altomedieval», donde se demuestra la ingente labor colonizadora del monasterio riojano en aquella época. Es impresionante asomarse, a través de esta obra, a la influencia tan extensa y tan intensa de este monasterio en la sociedad de su tiempo.
Poseemos la lista de los monasterios fundados por el de San Millán o sujetos a él a través de los siglos, y son nada menos que 108, lo que nos impide relatarlos nominalmente, pues alargaríamos nuestro escrito excesivamente, pero quede aquí el dato como prueba de su importancia e influencia. También tenemos una relación de pueblos con el nombre de San Millán y parroquias que lo tienen por patrono y titular, acercándose también a la centena, sin que podamos considerar que nuestra revisión haya sido exhaustiva.
No podemos olvidar la última etapa de San Millán, que también posee capítulos muy importantes para la historia. San Millán estuvo abandonado desde la exclaustración, decretada por Mendizábal en 1835, hasta 1878 (durante 43 años), fecha en que se hicieron cargo del monasterio riojano los agustinos recoletos, que durante más de un siglo vienen desarrollando una gran labor en todos los órdenes, por lo que son beneméritos de La Rioja. Ellos han salvado y aupado la gran tradición del monasterio, han recuperado y acrecentado su biblioteca, han promovido multitud de vocaciones religiosas, han cuidado con solicitud pastoral la vida cristiana del pueblo y del valle y han realizado múltiples obras materiales, caritativas y culturales. Empezando por su primer rector, el ilustre riojano fray Toribio MinguelIa, hasta el día de hoy, son muchos los recoletos de San Millán que han llegado al Episcopado, no menos de catorce, gran número de escritores y de religiosos condecorados y una verdadera pléyade de misioneros y de varones apostólicos en España, América y Filipinas.
En 1975 se fundó la Asociación de Amigos de San Millán, ejemplar en su género, con más de
500 inscritos, con una vida pujante, que viene manteniendo y desarrollando múltiples iniciativas en favor del monasterio y que sin duda van a conseguir ponerlo y mantenerlo a la altura que merece por su tradición y por su historia.

SAN MARTlN DE ALBELDA

El monasterio de San Martín, en el pueblo de Albelda, tiene su origen remoto en la vida eremítica, de tipo rupestre, que tanto floreció en La Rioja durante la época visigoda. El rey Sancho Abarca I de Pamplona y de Nájera, en agradecimiento por la toma de Viguera a los moros en el año 923 y otras victorias obtenidas en estas tierras, dotó este monasterio de Albelda en el año 924, conociendo enseguida un notable esplendor. Unos doscientos monjes vivían en las grutas que se asoman a la vega del río Iregua, bajo la guía del abad. No conoció grandes edificios este monasterio; en siglos sucesivos pasó la titularidad de San Martín a su iglesia parroquial, que tenía la categoría de Colegiata; en el año 1435 se erigió en Colegiata la iglesia de Santa María de la Redonda, de Logroño, trasladándose los privilegios y archivos de Albelda, donde sólo quedaron dos beneficios perpetuos, anejos a la parroquia.

Por tanto hoy, y desde siglos remotos, del antiguo monasterio de Albelda sólo quedan en lo material restos de aquellas grutas donde se alojaban los doscientos monjes y lo que llaman claustra, que es una cueva más accesible y donde pudieran tener los monjes algunos actos comunitarios.
Sin embargo, en lo cultural quedan testimonios sorprendentes del esplendor de aquel monasterio, sobre todo en el decurso del siglo x. El que más ampliamente ha historiado la vida del monasterio es el emérito canónigo y académico riojano don Julián Cantera Orive , las páginas de la revista BERCEO. También existen diversas ediciones del Cartulario de Albelda y, por encima de todo, quedan los Códices, ciertamente inmortales, que salieron del taller de copistas del monasterio de Albelda, en el siglo X, y que honran hoy las bibliotecas de París y la de El Escorial.

Efectivamente, pronto se instaló en el monasterio de Albelda un taller de monjes copistas para transcribir y conservar las principales obras teológicas y literarias de la antigüedad. El monje Gomesano escribió el año 950 con tinta verde y letra visigótica el tratado de la perpetua virginidad de María, de San IIdefonso de Toledo, por encargo del abad Dulquito y a ruegos del obispo y príncipe de Aquitania Godescalco, que pasó por Albelda, camino de Compostela. Este Códice se conserva hoy como un tesoro en la Biblioteca Nacional de París.

Gomesano fue maestro del monje Vigila, que ilustró la abadía de Albelda y España entera -como dice el diccionario Espasa- con sus conocimientos enciclopédicos. Es autor del célebre Codex Vigilanus o Cronicón Albeldense, joya principal del monasterio de El Escorial, a donde fue llevado desde Albelda en el siglo XVI. Vigila lo escribió y lo ilustró con preciosas viñetas en Albelda; lo comenzó en 974 y lo concluyó en mayo de 976. Contiene, principalmente, de un lado, la colección hispana de Concilios, y de otro, el Fuero Juzgo o Lex Visigotorum. Abundan las miniaturas, entre las que sobresalen los retratos de los reyes Chindasvinto, Recesvinto y Égica, en el folio 428, y de los tres reinantes en su tiempo, la reina Urraca, el rey Sancho y su hermano Ramiro, y de sus colaboradores en la confección del manuscrito, el propio Vigila, su socio Sarracino y su discípulo García. El conjunto forma un grueso volumen que ha hecho famoso en todo el mundo al monasterio riojano de Albelda.

SAN PRUDENCIO DE MONTE LATURCE

Su emplazamiento no puede ser más duro, bravo y agreste: en la falda sudoriental del Monte Laturce, dominando las simas del río Leza; al norte, las crestas de Clavijo, con la basílica de la Aparición del Apóstol Santiago y su famoso castillo, dando vistas a la vertiente del río Iregua. Las imponentes ruinas del monasterio impresionan todavía y marcan el paisaje con notas de grandeza, de reciedumbre y de heroísmo. Parece increíble que pudieran vivir los monjes durante tantos siglos aislados en tal soledad y dureza.

Sin duda, el origen de este monasterio está en los eremitas visigodos, y se llamó San Vicente; parece que el propio San Prudencio fue anacoreta en su juventud en estas soledades. Después de larga vida, el Santo, que era obispo de Tarazona, murió en Burgo de Osma, a donde había ido a pacificar la población, el 28 de abril de hacia el año 683. Disputándose Osma y Tarazona dónde debía ser enterrado, se decidió al fin que su cadáver se colocase en la mula que San Prudencio usaba en sus viajes y allí donde se detuviera definitivamente sería enterrado. La mula atravesó valles y montañas, viniendo a detenerse en Monte Laturce, donde se dio sepultura al cuerpo de San Prudencio, creciendo con este motivo el monasterio hasta convertirse en uno de los principales de la región. Un documento auténtico del año 950 le llama Abadía «con la iglesia de San Vicente y Basílica del Señor San Prudencio, donde descansa su cuerpo venerable». También se enterró aquí el cuerpo de San Funes o Sancho de Funes, obispo de Calahorra, de 1116 a 1146, y que fue martirizado por clérigos díscolos y rebeldes, por reprenderles su conducta, en los alrededores de Ribafrecha. Igualmente fueron trasladados a este monasterio parte de los restos de San Félix del Monte, último obispo visigodo de Calahorra, desde Hornillos de Cameros, donde se refugió en la invasión agarena. En la cripta de la iglesia se leían estos versos:

Entra con sumo silencio
de esta cueva al feliz suelo,
pues la convierten en cielo
Félix, Funes y Prudencio.

Desde el año 1835, las tres arquetas con las reliquias de estos santos se conservan con veneración en la Concatedral de la Redonda de Logroño.

Este monasterio existente hasta la desamortización del siglo XIX, se le puede considerar como insigne santuario a la entrada del Camero Viejo, y uno de sus restos más venerables. De él dependieron no pocos pueblos, ermitas y parroquias y en torno a su devoción se fraguaron numerosas tradiciones cameranas y riojanas que aún persisten con más o menos intensidad en la vida de sus gentes. En el año 1181, el monasterio aceptó la reforma del Císter y desde entonces sus religiosos fueron monjes blancos. En la antigüedad fue del patronato de los primitivos señores de Cameros, por lo que aquí reposan los restos de muchos de ellos. Las ruinas que hoy se ven son de una iglesia del siglo XII, las de abajo, y del siglo XVII, las de encima.

VALVANERA

Es el monasterio y santuario de la Patrona de La Rioja. Con esto queda expresado el amor y la devoción de todos los riojanos.

Está situado en plena montaña, a unos 1.000 m de elevación, alejado de todo ruido (el pueblo más próximo, Anguiano, dista 15 Km.), rodeado de altos picos, como el Pancrudo y el San Lorenzo, a más de 2.000 m, cubiertos de nieve varios meses del año, con abundancia de bosques, vegetación y veneros de agua, de donde parece que viene el nombre de Vallis Venariae, Valle de las Venas, que forman en el fondo de la estrecha garganta un río limpio y juguetón, abundante en truchas.

En torno al origen del monasterio existen una serie de tradiciones que le conceden una existencia muy remota, cercana a las primeras generaciones de cristianos. Es difícil discernir cada una de estas tradiciones, pero es indudable que en aquellas espesuras se escondieron anacoretas visigodos que dieron lugar en el siglo X o quizá antes al actual monasterio benedictino, que, por cierto, es el único que persiste como tal en La Rioja hasta el día de hoy.

Hacia finales del siglo IX, Nuño Oñez, un bandolero convertido en penitente y anacoreta, natural de Montenegro de Cameros, en compañía de Domingo, sacerdote natural de Brieva, reencuentran en el hueco de un roble gigante, donde una colmena había fabricado ricos panales de miel y donde nacía un abundante manantial de limpias aguas, la imagen sagrada de la Virgen. Pronto llegaron los benedictinos y fundaron una Abadía para dar culto día y noche a la Virgen allí reaparecida. Cuando a mediados del siglo XI aparecen los primeros documentos, la Abadía estaba perfectamente organizada y en expansión, prueba de su solera y de su antigüedad.

Se me hace muy difícil, más bien imposible, resumir en media cuartilla la historia limpia de mil años. No puedo omitir una referencia a San lñigo de Valvanera, que fue abad del monasterio de 1088 a 1117, y al venerable fray Sebastián de Villoslada, que lo fue en el siglo XVI y que fue el más ilustre santidad que produjo la Congregación Benedictina de Valladolid cuatro siglos de existencia.

Si en otros monasterios brilla acción protectora e impulsora los reyes, en Valvanera predomina la ayuda y devoción del pueblo; los cartularios medievales vienen recogidas multitud de pequeñas donaciones de sencillos aldeanos como la de Juan Manso, natural Cañas, y que no es otro que padre de Santo Domingo de Silos.

El primer historiador y cantor Valvanera fue don Gonzalo de Berceo, que escribió, como siempre en román paladino, pero su obra, por una desgracia histórica irreparable, se ha perdido en su limpio original castellano; un abad de Valvanera en 1419, Domingo de Castroviejo, pensando que hacía una gracia, la puso en latín y así se conserva, desapareciendo para siempre los claros versos del primer poeta de nombre conocido e la lengua castellana. Al menos nos ha llegado a través de él la primitiva tradición de Valvanera.

La devoción a la Virgen de Valvanera está muy extendida a ambo lados del Atlántico; baste citar en España las iglesias, cofradías o altares dedicados a su honor en Madrid, Valladolid, Segovia, Castillo d’Aro en Gerona, Obona en Asturias, Betanzos en Galicia, Zafra en Extremadura, El Poyo, Sevilla, Málaga, Zaragoza, Barcelona, Pamplona, Frechilla de Palencia o Talavera de la Reina. Y en América está extendida la devoción a la Virgen de Valvanera en México, donde tiene una parroquia, del siglo XVII, en la capital; Argentina, Perú, Costa Rica, Puerto Rico, Venezuela, Cuba. Sólo en Colombia registramos los siguientes nombres donde se rinde culto a la Virgen de Valvanera: Manizales, Sonsón, Pereira, Cúcuta, Antioquía, Medellín, El Tablazo, Chía, Pitalito, Armenia, Anaipoma, Cali, Funza, El Espinal, Santa Rosa de Cabal y Bucaramanga. Esta extensión del culto a la Virgen de Valvanera en los lugares más insólitos de América y que viene de los tiempos muy próximos al descubrimiento del Continente puede ser un indicio y corroboración de la sentencia que afirma que el nombre completo de la nave capitana de Colón era Santa María de Valvanera.

De los tiémpos más recientes baste decir que Valvanera sufrió la desamortización de 1835, por lo que el monasterio estuvo abandonado durante 45 años, hasta que en 1880 llegó allí el hermano Tiburcio con una azada y un cesto, comenzó a remover los escombros y a reparar las ruinas acumuladas de tantos años. Poco después volvió a la comunidad benedictina y la imagen de Valvanera que se guardó y veneró durante esos años en Brieva de Cameros; la devoción a la Virgen de Valvanera sigue creciendo más y más hasta el día de hoy.

SANTA MARIA LA REAL DE NAJERA

La Real. Pocas denominaciones más apropiadas y mejor vinculadas a la mejor historia de una ciudad, que no sólo fue cuna y corte de reyes, sino que la propia imagen de San María fue encontrada o reencontrada por un rey llamado García y apellidado «El de Nájera», cuyo mayor timbre de gloria fue construir un palacio para la Virgen, Señora y Reina, dotándolo con la esplendidez propia de su devoción y de su realeza.

Empecemos por esto último, por la magnificencia regia para fundar y dotar la casa de la Virgen y el monasterio najerino. Por fray Juan de Salazar, ilustre benedictino del siglo XVII, que escribió una obra preciosa, aún inédita (nota del editor web: ya editada), «Naxara ilustrada», conocemos con todo detalle la relación de los 85 monasterios e iglesias, con sus correspondientes territorios, haciendas y diezmos, que estaban anejos a Santa María la Real por concesión de García III, el de Nájera, y de sus sucesores. Aunque la relación sea larga, merece la pena hacerla de una manera sucinta, para darnos cuenta de la extensión territorial y jurisdicional del monasterio najerino y de su influencia a través de los siglos. Los monasterios y santuarios dependientes de Santa María la Real eran los siguientes:

San Jorge de Azuelo
San Martín de Albelda
Santa Coloma, en La Rioja 4 San Andrés de Cirueña
Santa María de Valpuesta, en la Montaña de Valdegovía.
Santa María del Puerto de Santoña
San Martín de Laredo
San Juan de Colindres
San Pedro de Noya
Santa Eulalia de Arcillero
Santa María de Berezedo
anta Eulalia de Bocarredo
San Justo de Organos
Santa María de Carralla
San Mamés de Aras
San Pantaleón de Creos
Santa Eulalia, en el mismo valle
Santa Agueda
San Miguel
anta Cecilia
Santa María de Palacios
Santa Eulalia de Ribas
San Pedro de Solorzano.
San Andrés de Ambrusero
Santa Cecilia de Garfilos
Santa Eulalia de Peneuro
Santa Elena de Crofia
San Pedro de Carcia
Santa Cruz
Santa Agueda
San Andrés de Escalante
Santa María de Codés
San Gregorio de la Berrueza
Santa María de Berbenzana
San Martín de Azo
San Julián de Sojuela
Santa María del Fresno
San Andrés de Tosantos
San Miguel de Pedroso
San Pelayo de Cueva Cardel
San Millán de Traspadierna
San Cosme y San Damián de Valderrama.
Santa Catalina de Santurdejo
San Julián, en el propio Nájera.
Santa Agueda, en Nájera.
San Román, en Nájera.
San Facundo, en Nájera.
Santas Nunilo y Alodia, en Nájera.
Santa Cecilia, en Hormilleja.
San Sebastián, en Uruñuela.
San Miguel, debajo de Somalo.
Santo Tomás, enfrente de Torremontalbo.
Santa María de Arenzana de Arriba
San Román, en Gallinero de Rioja.
San Salvador de Ojacastro
San Pelayo, en Cerezo de Río Tirón.
San Salvador de Verica
San Andrés de Treviana.
San Martín del Castillo, al mediodía de San Millán de la Cogolla.
Santa María de Certún, cerca de Matute.
Santa Marta de Tirgo
Santa María de Priato o Nuestra Señora del Prado, entre Nalda y Viguera.
San Cipriano y Santa Leocadia, cerca de Castroviejo.
San Román, encima de Ribafrecha.
Santa María de Barrica, en Aperregui, cerca de Vitoria.
San Acisclo, cerca del monte Ero o Erilio.
Santa María de Beraza, debajo de Ribafrecha.
San Pedro de Oriemo
Santa María del Plano, en Leza.
San Pedro de Torrecilla de los Cameros.
San Nicolás de Villoria, a media legua de Ribafrecha.
Una ermita, al presente, cerca de Moreda, media legua de Viana.
San Martín de Pangua.
San Vicente de Oca.
San Fauste, en tierra de Treviño.
San Román de la Subsierra, entre la villa de Laguardia y el monte.
San Adrián de Sanguesa, en la ribera del río Alagón.
Santa María de Oro
Nuestra Señora de Urrecha
San Esteban
Santa Gadea de Manrieta en Sofía.
San Miguel de Davalillo, debajo de San Asensio.
San Pedro de Torre Viento, extramuros de Viana, en el camino hacia Logroño, a mano izquierda hacia el Ebro, sobre un promontorio.
Santa María de Valcuerna o Valbuena, extramuros de Logroño, fue priorato de Nájera hasta 1500, en que entraron a vivir los dominicos.

Merecía la pena hacer la enumeración, por el interés para Santa María la Real y para otros tantos puntos de nuestra antigua geografía monasterial y devota, ya en su mayoría desaparecidos, y por ser un capítulo escasamente conocido. Me queda la pena de tener que renunciar, por falta de espacio, a tantas otras páginas y efemérides históricas de este glorioso monasterio, que después de El Escorial es el panteón más importante de reyes españoles, y que en su Claustro de los Caballeros -una auténtica joya del plateresco de rango universal- reposan en sus sepulcros altos personajes de la más recia aristocracia medieval y renacentista.

Santa María la Real estuvo sin religiosos durante sesenta años, de 1835 a 1895, fecha en que se hicieron cargo del histórico monasterio los Padres Franciscanos, que desde entonces vienen desarrollando una ejemplar y benemérita labor al frente del mismo. Pese a todos los esfuerzos, todavía faltan muchas cosas que realizar hasta recuperar en todas sus dimensiones esta monumental obra, cumbre de la devoción, del arte, de la cultura y de la historia española. El grandioso espectáculo de luz y sonido que desde hace varios veranos se viene representando en el incomparable marco del Claustro de los Caballeros (nota de la redacción web: actualmente se representa en el exterior del Monasterio, en la Plaza de Navarra) se debe continuar y superar con ilusión y sin desmayos. Todas las iniciativas son pocas hasta devolver al monasterio riojano toda la categoría y el esplendor que por justicia merece.

ABADIA CISTERCIENSE DE CAÑAS

Le llaman el Claraval de La Rioja y no es para menos. La Abadía de Cañas es la primera fundación riojana de la reforma cisterciense que iniciara San Bernardo, que murió en Claraval el 20 de agosto de 1153, siendo canonizado en 1173.

Dieciseis años después de la muerte de Bernardo de Claraval, y antes de que fuera canonizado en 1169 fue fundado este monasterio riojano, primero en Ayuela, cerca de Santo Domingo de la Calzada, y trasladado al año siguiente (1170) a la villa de Cañas, donde continúa hasta el día de hoy, donde lleva ya, de una forma ininterrumpida, ocho siglos de fidelidad, habiendo iniciado ya el noveno. La Abadía de Cañas le gana en antigüedad a la famosa de las Huelgas de Burgos, fundada un cuarto de siglo después, y sólo le adelantan en España el monasterio de Tulebras, en Navarra, fundado en 1157; el de Perales. en el Obispado de Palencia, fundado en 1160, y el de Gradefes, en la provincia de León, fundado en 1168; por lo tanto, el de Cañas tiene el puesto cuarto de antigüedad en toda España.

Claraval, Claravallis en latín, Clairvaux en francés, significa literalmente claro valle, y nadie negará que hasta por este motivo se le puede llamar al monasterio de Cañas el Claraval, el claro valle de La Rioja, pues pocos valles más risueños y lúcidos se pueden encontrar como el de Cañas, en cuyo centro se sitúa la Abadía riojana.

Si claro es el valle de Cañas, no menos clara y luminosa es su iglesia abacial, del siglo XIII, ejemplar maravilloso del mejor protogótico que se conserva en España. Dos notas destacan en esta iglesia: su gracilidad y su luz clara. Las columnas de sus muros y de sus ventanales parecen cañas, esbeltas y estiradas cañas, finísimas, que parecen conjugar, aunque no hay ninguna relación entre una cosa y otra, con el bello nombre del pueblo. La iglesia abacial de Cañas no pesa, como las románicas, ni tira hacia abajo, sino hacia arriba, eleva el corazón y el alma hacia Dios, que es luz esplendente, sin sombra ni ocaso. La luz blanca que entra abundantemente por los ventanales de la cabecera y que San Bernardo identifica con la gracia, está sin duda en bella armonía con los amplios y a la vez sencillos e ingrávidos hábitos corales de las monjas, que a diario entonan sus cantos de alabanza al Dios de las Alturas. En esta iglesia todo converge hacia la más alta espiritualidad, tan propia del Císter.

El retablo mayor, del siglo XVI, colocado actualmente en el muro de los pies (nota de la redacción web: una vez restaurado, se colocó en su emplazamiento original), en el coro de las monjas, forma un gran conjunto, con siete calles, tres en el centro y dos en las alas y dividido en tres cuerpos, más banco y ático. Es uno de los mejores ejemplares renacentistas, en pintura y escultura, que posee La Rioja.

El museo, formado con los propios fondos del monasterio, está instalado en la Sala Capitular. Es imposible, por falta angustiosa de espacio, hacer ni siquiera una ligera descripción, tanto del continente (la propia Sala Capitular) como del contenido (el riquísimo museo que allí se encierra); tan sólo mencionar el sepulcro de la santa abadesa, doña Urraca López de Haro, hija de los fundadores del monasterio, muerta a los 92 años de edad, en 1262, y cuyo cadáver se conserva incorrupto. El sepulcro, pieza singular del gótico, presenta estatua yacente de la beata Urraca y hermosos relieves, con escenas de sus funerales. Es una auténtica joya de la escultura funeraria gótica en España.

MONASTERIO DE MONJAS BERNARDAS DE LA VILLA DE HERCE

Ya sólo quedan algunas dependencias de este monasterio, reaprovechadas para almacén y otros usos; el monasterio como tal desapareció desgraciadamente en la desamortización de 1835, pero por la importancia histórica que tuvo debemos decir una palabra sobre él.

Fue fundado en 1246, por don Alfonso López de Haro, y su esposa, doña María Alvarez de los Camberos, y lo dotaron espléndidamente, concediéndole el señorío sobre la propia villa de Herce y sus aldeas, así como la villa de Murillo de Calahorra con sus sotos, junto al Ebro, y las villas de Torremuna, Lasanta y Hornillos en Cameros; además, el patrimonio de este Real Monasterio se extendía por Santa Eulalia Bajera, Bergasillas de Arriba y de Abajo, por tierras de Ocón, el Collado, Velilla, Larriba y la Monjía. La abadesa tenía sobre las citadas villas señorío alto y bajo, civil y criminal, por lo que se le conocía como abadesa de horca y cuchillo; administraba justicia, cobraba los impuestos, nombraba alcaides y puestos públicos en su jurisdicción. En este monasterio profesaron como religiosas ilustres damas de las mejores y más linajudas familias de la región y dentro de sus claustros se vivió con intensidad la espiritualidad propia del Císter.

MONASTERIO DE BERNARDAS EN SANTO DOMINGO DE LA CALZADA

Fue fundado en 1610, por don Pedro Manso de Zúñiga, obispo de Calahorra, natural de Canillas de Río Tuerto, y fue incrementado por sus sobrinos don Pedro Manso de Zúñiga, arzobispo de Cesarea, y don Martín Manso de Zúñiga, obispo de Oviedo y después de Burgo de Osma; los tres obispos, tío y sobrinos, están enterrados en ricos mausoleos de alabastro en la iglesia del monasterio por ellos fundado. En estos años últimos, la Comunidad de Bernardas de Santo Domingo construyó en terrenos del monasterio el Hostal de Santa Teresita, que regentan en la actualidad, promoviendo una interesante labor asistencial y humana. Asimismo han reformado primorosamente las dependencias del monasterio y, sobre todo, la iglesia abacial, siendo un modelo de limpieza y de sencilla elegancia.

MONASTERIO DE VICO EN ARNEDO

A 4 km al oeste de Arnedo, en un cerro junto a la orilla derecha del río Cidacos, en un paraje delicioso, quizá el más bello de La Rioja y uno de los más sugestivos de España, se alza el monasterio de Nuestra Señora del Vico, celestial Patrona de Arnedo y su comarca.

El origen remoto de este monasterio, como el de tantos otros, hay que buscarlo en los anacoretas visigodos que vivían en soledad en las cuevas y grutas de la región. Hacia el siglo x, la Virgen de Vico se apareció en medio de la cuesta que sube del Cidacos al cerro al jefe o khan del barrio o vico moro que allí se asentaba, cultivando los olivos y huertas de alrededor. La Virgen de Vico pidió al khan que se convirtiera al cristianismo y que le construyera allí una ermita, lo que hizo inmediatamente. Esta ermita se convirtió en monasterio franciscano en el año 1456, bajo el impulso reformador de fray Lope de Salinas, ayudado de sus parientes los Fernández de Velasco, señores de Arnedo, y más concretamente de don Pedro Fernández de Velasco, el tan conocido «buen conde de Haro», personaje de los más influyentes en aquella España del siglo xv, y que en la obra clásica de Fernando del Pulgar, Claros Varones de Castilla, ocupa el tercer lugar, después del rey Enrique IV y el almirante don Fadrique.

El monasterio siguió muy floreciente hasta 1835, en que los frailes fueron desamortizados y exclaustrados y la finca pasó a propiedad particular. Doña Blanca de Olózaga, en su testamento ológrafo, dejó la propiedad de la finca y dependencias, en el año 1952, a los franciscanos de la Tercera Orden Regular, que se instalan y comienzan una encomiable obra de reconstrución e instalan un Seminario que duró por espacio de veinte años, con abundantes frutos. Al cabo de este tiempo, los franciscanos lo vuelven a abandonar y ponen en venta el monasterio. Es entonces cuando la ilustre dama de Arnedo doña Victoria Caballero Muro lo adquiere con el único objeto de salvar la santidad y tradición de lugar tan venerable y lo pone en manos de la Comunidad de Monjas Cistercienses de Ampudia (Palencia), que lo regentan en la actualidad. En el momento del traslado era abadesa la dinámica y ejemplar religiosa de Pradejón Madre Inmaculada Cedrón, que dirigió de una forma admirable las obras de restauración y de acomodación del monasterio, que ha quedado como uno de los mejores de España. Lástima que no pudiera acabar la obra por traslado al monasterio de Alloz, pero la Virgen de Vico hará, como tantas otras veces, que más tarde o más temprano su monasterio alcance la restauración plena, incluso con el traslado de la imagen a su lugar natural, para bien y provecho espiritual de Arnedo, de la ribera del Cidacos y de toda su comarca, con el culto solemne de la ejemplar Comunidad de Monjas Cistercienses, que hoy lo rigen.

LOS MONASTERIOS FRANCISCANOS DE LA RIOJA

El monasterio de Vico nos sirve de puente entre los monasterios de la regla de San Benito, a los de la regla de San Francisco.

El primer monasterio franciscano de La Rioja fue el de Logroño, fundado al parecer por el propio San Francisco, cuando en 1213 pasó por esta ciudad, camino de Santiago de Compostela. Siguieron después, en el año 1456, el de Vico y el de Cidamón, el cual se trasladó posteriormente a Santo Domingo de la Calzada, y más tarde se fueron fundando el de Nuestra Señora de Campolapuente, en Cornago; el de Nalda, el de Torrecilla, el de Nájera, el de Calahorra y el de Alfaro, que aún persiste como tal. La huella franciscana en La Rioja es muy patente por la labor que estos ejemplares religiosos de vida mendicante hicieron a lo largo y ancho y en profundidad por todos los pueblos de nuestra geografía.

LOS TRES MONASTERIOS DE MONJAS CLARISAS  y LOS DOS DE CONCEPCIONISTAS

Así como la mayoría de los monasterios de franciscanos desaparecieron en la desamortización de 1835 en La Rioja, los monasterios femeninos de esta Orden, los tres de Clarisas y los dos de Concepcionistas, persisten hasta el día de hoy, con lo que se demuestra que la mujer es más tenaz y constante que el hombre.

El monasterio de Clarisas de Entrena fue fundado en 1513, por los condes de Aguilar de Inestrillas, don Carlos Ramírez de Arellano y doña Juana de Zúñiga, señores de los Cameros. Las Clarisas de Arnedo fueron fundadas por la ilustre dama arnedana doña María Gómez de Santa Cruz y su hija doña Ana de Angulo, en unión de otras piadosas mujeres de la ciudad, las cuales formaron comunidad, bajo la regla de Santa Clara, en 1561, bajo la dirección de algunas clarisas que para ello llegaron de Entrena. El monasterio de Clarisas de Nájera fue fundado en 1561, por doña Aldonza Manrique de Lara, de la ilustre casa de los duques de Nájera, y se puso y está bajo la advocación de Santa Elena.

El convento de Franciscanos Concepcionistas de Madre de Dios en Logroño fue fundado, en el mismo lugar donde todavía persiste, en el año 1531, bajo el patrocinio del ilustre logroñés don Juan de Enciso, primer contador de Carlos V, y de su mujer, doña María de Gaona. El convento de Concepcionistas de Alfaro fue fundado, a partir de 1609, por cuatro ilustres matronas de la ciudad: doña Teresa de Remiro, doña Isabel Martínez, doña María Gil y doña Ana Jiménez, que empezaron a vivir en comunidad en dicha Orden bajo la dirección de unas religiosas que para ello llegaron del monasterio de San Luis de la ciudad de Burgos.

LOS MONASTERIOS DOMINICOS

Tras los monasterios de la Orden de San Francisco, los de la Orden de Santo Domingo de Guzmán. En Logroño existió uno muy importante hasta el año 1835 de Padres Dominicos, que se habían instalado en esta ciudad en el año 1427, primero en la ermita de San Gil y después en el antiquísimo monasterio de Valcuerna, dependiente hasta entonces de Santa María la Real de Nájera; este monasterio de Valcuerna, llamado posteriormente de Valbuena, estuvo en pie hasta 1893, en lo que ahora es Intendencia y Gobierno Militar.

Monasterio de la Piedad, de Madres Dominicas, en Casalarreina. Es uno de los mejores femeninos que posee La Rioja. Es monumental en todas sus partes. Fue fundado en 1524, por don Juan Fernández de Velasco, obispo de Calahorra, y después de Palencia, siendo dotado espléndidamente por don lñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla, hermano del anterior, quien lo cedió a su sobrina doña Isabel de Guzmán y Velasco, duquesa de Medina Sidonia.

Convento de la Esperanza, de Madres Dominicas, en Alfaro. Su origen remoto es muy antiguo, anterior al año 1300. Hacia 1500 se constituyó en comunidad mayor y se amplió el edificio con los bienes de la ilustre alfareña doña María de Requena. De este monasterio fue monaguillo el hoy Beato Ezequiel Moreno. Disfrutó de grandes privilegios reales y ha sido un convento de abundantes vocaciones. Hace unos años se demolió el convento y se construyó otro en Zaragoza, a donde se trasladaron las monjas, que siguen recordando con cariño la ciudad de Alfaro.

LOS MONASTERIOS CARMELlTANOS

Madres Carmelitas de Calahorra. Fundado en 1598, siendo obispo don Pedro Manso de Zúñiga, que había sido confesor de Santa Teresa de Jesús. El convento actual se construyó en 1635, bajo el espléndido patrocinio del arnedano don José González de Uzqueta, que trajo a Calahorra seis autógrafos y otros muchos recuerdos y reliquias de Santa Teresa, que se conservan celosamente en dicho monasterio.

Padres Carmelitas de Calahorra. Monasterio fundado en 1602, siendo obispo de Calahorra el citado don Pedro Manso de Zúñiga; en su iglesia se da culto a la Virgen del Carmen, a la que tienen profunda devoción todos los calahorranos.

Padres Carmelitas de Logroño. Monasterio fundado en 1628, en el lugar que hoy ocupa el Instituto de Bachillerato Sagasta y la Glorieta del Doctor Zubía. Su iglesia, dedicada a la Virgen del Carmen, daba al muro, que por eso se llama todavía Muro del Carmen. El edificio se derribó en 1895. Posteriormente, en 1917, vino a Logroño otra comunidad de Padres Carmelitas que regentan hoy una céntrica parroquia de la ciudad.

Convento de Madres Carmelitas de Logroño. Monasterio fundado en 1589, en Vitoria, y trasladado a Logroño en 1651; estuvo emplazado primeramente, hasta 1908, en lo que ahora es Escuela de Artes y Oficios; de 1908 a 1952, en lo que ahora es hotel Carlton-Rioja, y desde esta fecha, hacia el km. 3 de la carretera de Soria.

Además de los reseñados todavía hay otros dos monasterios de Madres Carmelitas Descalzas en La Rioja, de reciente fundación: el de Cabretón, barrio de Cervera del Río Alhama, inaugurado en 1953, y el de Tricio, erigido en 1962.

MONASTERIOS AGUSTINIANOS

Monasterio de San Agustín en Haro. Fue fundado en 1373 y tuvo una influencia enorme en la vida de Haro, hasta 1835, en que tuvieron que salir de allí los religiosos, por causa de la desamortización. Todavía se conservan las grandes moles de su edificio; parte es teatro de Bretón de los Herreros y el resto se viene hablando de la posibilidad de convertirlo en parador nacional de turismo u otros usos comunitarios, dignos de la nobleza del edificio.(nota de la redacción web: se llevó a cabo la obra y hoy es un magnífico parador denominado “los agustinos”).
Madres Agustinas de Logroño.
Monasterio fundado en el siglo XVI, en donde actualmente es edificio de Correos, que por eso la calle adyacente se llama de San Agustín, por el titular de su iglesia. Hacia 1908 se trasladó a la calle del Marqués de Murrieta, entonces muy a las afueras de Logroño, y recientemente al nuevo convento, en el camino de Oyón.

MONASTERIOS TRINITARIOS

Han existido en La Rioja dos, ya desaparecidos. Uno en Logroño, de Padres Trinitarios, fundado en el siglo XVII, y que existió hasta 1838, del que sólo queda un vestigio, la denominación de calle de la Trinidad, en donde se ubicaba el monasterio, cerca del actual cuartel de Artillería.

El otro estuvo en Alfaro, también de Padres Trinitarios, y fue inaugurado en 1662, dotado con los bienes que dejara en testamento el ilustre alfareño don Martín de Avendaño. Existió hasta el año 1834 Y tuvo gran influencia en la religiosa ciudad de Alfaro.

MONASTERIO DE LA MERCED EN LOGROÑO

Este monasterio de Padres Mercedarios fue fundado en el siglo XVI, permaneciendo en él hasta el siglo XIX; desde entonces se aplicó el edificio de iglesia y convento a diversos usos. Desde 1890 hasta nuestros días ha sido edificio de Tabacalera; al trasladarse ésta al polígono industrial de Arrúbal, ha pasado a propiedad del Ayuntamiento, que tiene en estudio el destino para diversas obras comunitarias.

MONASTERIO DE LA ESTRELLA, EN SAN ASENSIO

Desde la alta Edad Media fue eremitorio y santuario de la Virgen, muy frecuentado por los fieles de la región.

A finales del siglo XIV, el obispo de Calahorra don Juan de Guzmán reúne a los diversos eremitas de la sierra de la Morcuera, próximos al pueblo riojano de Cellorigo, y erige el monasterio de San Miguel del Monte, bajo la regla de San Jerónimo; protege esta fundación don Pedro López de Ayala, el famoso canciller Ayala, cuñado del obispo don Juan de Guzmán, que se retiró allí con sus libros y redactó en aquellas soledades sus postreras obras. Para potenciar este monasterio, el obispo le hace donación, entre otras, de la ermita de La Estrella, con sus casitas contiguas y propiedades, en San Asensio. De esta forma el santuario de la Estrella entró a formar parte del mundo y ambiente de la Orden de San Jerónimo, tan floreciente en aquella época.

Poco después, en 1418, perdido en una noche de tormenta, viene a parar por el santuario de la Estrella el arcediano de Calahorra, protonotario pontificio y tesorero de doña Blanca de Navarra, don Diego Fernández de Entrena, influyente personaje en su tiempo, natural del pueblo riojano de su apellido. Don Diego se erige desde ese momento en promotor y valedor del naciente monasterio jerónimo de la Estrella, que pronto alcanzó gran esplendor. En 1476 lo visita Fernando de Aragón y en 1483 su esposa, doña Isabel de Castilla, quienes concedieron al monasterio grandes privilegios. Un siglo después, el rey Felipe II, de paso hacia Tarazana, y enfermo de gota, se detiene en este monasterio, por espacio de un mes, desde el 6 de octubre hasta el 7 de noviembre de 1592. Buscando su curación, bebía a diario agua de la fuente santa de la Estrella y a él se debe el suntuoso adorno de dicha fuente, que aún se puede percibir en nuestros días.

No menos fama dio a este monasterio el gran pintor riojano y logroñés Juan Fernández de Navarrete, el Mudo, que vino de joven a aprender aquí las lecciones y la técnica del monje artista fray Vicente de Santo Domingo. Por eso Navarrete, el Mudo, pintó para la Estrella selectos cuadros, como el San Miguel, hoy en Briones; los de San Fabián y San Sebastián, hoy en el Seminario de Logroño, o el de San Jerónimo, que se conserva también en la capital riojana.

Es preciso destacar los 36 libros grandes de coro, obra en gran parte del monje de este monasterio fray Alonso de Guadalupe, con letras capitales en negro, azul y rojo, verdadera filigrana de arte y buen gusto, libros que se conservan hoy en la parroquia de Briones.

Los monjes jerónimos tuvieron que salir de la Estrella en 1835, por la desamortización de Mendizábal; las dependencias del monasterio y su rica hacienda pasaron a manos particulares. En 1591 adquirieron estas posesiones los Hermanos de La Salle, que erigieron allí un noviciado de su Congregación y siguen manteniendo, ejemplarmente, hasta el día de hoy, el espíritu comunitario y religioso de este bello y santificado lugar de La Rioja.



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