Colección de coches en San Millán

ignacio01CASIMIRO SOMALO. PERIODICO LA RIOJA

Ignacio Lejárraga guarda en San Millán de la Cogolla una colección de 30 coches de distintas marcas de los años 60, que él mismo se ha encargado de restaurar

Pocos, salvo los más allegados, podrían imaginar que en las naves de una vieja cochiquera de tres décadas, recuperada hoy para otros usos, pudiera esconderse una colección de más de 30 coches de la década de los 60 que han formado parte de nuestras vidas, de nuestros sueños e ilusiones y de los mejores recuerdos que se guardan en el corazón y en la memoria. Ignacio Lejárraga ha hecho de su jubilación un museo de época que no tiene parangón entre los coleccionistas.

San Millán de la Cogolla, carretera a Lugar del Río, apenas 600 metros a mano izquierda subiendo por el valle hacia la cumbre del San Lorenzo. Ignacio estuvo toda la vida enredado en el mundillo del transporte y de los automóviles. Su hijo corría en las carreras, fue campeón de La Rioja en su día y juntos viajaron por media España. Su padre, Tarsicio Lejárraga, hizo de guía de los monasterios de San Millán, de Yuso y Suso, mucho antes de que fueran declarados Patrimonio de la Humanidad.

Los orígenes, la familia, las tradiciones, la faceta cultural, la más romántica, se encuentran entre viejas naves que albergan los coches y un autobús (un Pegaso Comet Seida de 1963) repleto de radios y grabaciones desde el siglo XIX. El ‘ómnibus’ de entonces es un ‘transporte para todos’, un museo ambulante de la voz y la palabra dedicado a la memoria de su padre, el inolvidable Tarsicio.

Trabajo, tiempo, paciencia, dinero, ilusiones y generosidad. Y todo en silencio, como si la afición no fuera también parte de un patrimonio de nuestras propias vidas, de nuestra historia de miserias, subdesarrollo e ilusiones montadas en cuatro décadas durante la década de los sesenta.

La vieja cochiquera tuvo que comprarla a la familia. Y adecentarla hasta convertirla en vivienda, taller, jardín, huerto y un lugar de trabajo. Allí terminó asentándose y comprando ‘chatarras’ por cualquier rincón de España para restaurarlas y recuperarlas con piezas originales, como han hecho siempre los coleccionistas del automóvil.

Ignacio Lejárraga no ha promocionado nunca su afición. Ni la ha publicitado. Allí llegan los aficionados del mundillo del motor y los coleccionistas después de haber visitado los monasterios. Y cuenta que Patrimonio, de La Rioja, claro, no ha visto con buenos ojos lo que no se aprecia si no estás en el interior de las naves. «Sí, he tenido que pelear un poco», cuenta con cara de incomprensión.

«Lo importante aquí», decía Ignacio, «es que todos los coches fueron fabricados en España entre 1960 y 1969. No hablamos de dinero, sino de objetos de los que no quedan muchos». Todos los vehículos aparecen documentados con el año de fabricación, el lugar y el precio de la época y están en funcionamiento.

Juegos de memoria, de sonrisas, de recuerdos de padres y abuelos, de viajes, escapadas, averías y trastadas, de amoríos, vacaciones y familias. Muchos de los coches se han ido construyendo pieza a pieza, de aquí y de allá. «Sí, son entrañables porque corresponden a otra época que nos ha tocado vivir. Otros coches serán más lujosos pero no provocan una sonrisa ni la ternura de los que tenemos aquí», contaba Ignacio.

Treinta vehículos que cualquier experto podría identificar por el ruido como si fueran de una banda sonora de época. «¿Los más reconocidos? Sin duda, el Seat 600, el Dos Caballos y el Mini. Han sido y son los más reclamados», reconocía. Inimaginable pensar cómo podían circular aquellos viejos cacharros y meterse en ellos toda la familia y las maletas y bolsas.

La España de los años 60

La colección de Lejárraga es la de una época de desarrollismo y mecanización en la España de los 60, una película de Berlanga que aquí nos duró más de una década.

El viejo Seat 600. Un Seat 850 Spider. Otro Coupé. Los Seat 124, 1.400 C y el 1.430 y el 1.400 C identificado como el 1.500. Ya nadie se acuerda, o casi nadie. Pero había cupos de pedido y entrega. En el viejo NO-DO se hacía autopublicidad el Régimen para contar las unidades de fabricación que se habían vendido. Y claro está, sólo salían las grandes ciudades llenas de Seat 600 cargados hasta las cartolas de hombres, animales y bultos; las ‘cabras’ o ‘Dos Caballos’ Citroën, algún 850 de dos y cuatro puertas; los 1.500 de los taxistas y, quizás un Citroën Dauphine llamado el ‘coche de las viudas’ por su tendencia a volar…

«Sí. El Dauphine era ya un coche de estructura…», recalca Lejárraga. Pero Ignacio recordaba también la vieja práctica de un saco de arena en la parte delantera para compensar el peso del motor e incrementar la adherencia al suelo. Tres velocidades.

La exposición es curiosa. Un Dos Caballos desmontado en su interior para comprobar que no hay un tornillo en su interior. Un PTV con patente española fabricado en Manresa por AUSA y al que le faltan numerosas piezas. El Dodge Dart 3.700, un americano al alcance de unos pocos bolsillos de privilegiados «y tal vez el primero que traía aire acondicionado entonces», según contaba el coleccionista.

El muestrario es amplio y divertido, desde el Isseta o ‘Huevo’ de 1960 y fabricado en Carabanchel al Goggomobil T 350 que se vendía como potente y deportivo con 17 CV y 415 kilos de peso. ¡Pero tenía frenos hidráulicos a las cuatro ruedas! O el Alpine Cabriolet de 1966, un deportivo de 37 CV y 600 kilos que costaba la friolera de 206.000 pesetas.

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